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lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Quién mató a Vandor?



Es una lástima, porque somos todos peronistas. (Antes de comenzar los disparos).

El tiroteo en la pizzería La Real de Avellaneda, que dejó muerto al sindicalista Rosendo García, fue narrado por el escritor Rodolfo Walsh, que sugiere que el Lobo Augusto Vandor, poderoso dirigente metalúrgico allí presente, fue el matador de Rosendo, compañero de su propio gremio. Comenzó casi como una bronca de bar, pero allí había dos grupos antagónicos del peronismo. Fue en 1966.

Se cruzaron por casualidad. De un lado estaban los vandoristas, y del otro un grupo del peronismo "revolucionario", que integraban Juan Salazar y Domingo Blajaquis, ambos también asesinados. Estuvo presente Armando Cabo (histórico metalúrgico de Perón y de Eva, y padre de Dardo Cabo, del grupo Descamisados), que integraba la corte de Vandor, y fue acusado por Walsh de matar a Salazar, quien estaba comiendo con sus amigos luego de trabajar un montón de horas en la Shell. El “griego” Blajaquis, a su vez, fue descripto como la imagen del revolucionario. 

Algo curioso es que Armando Cabo lucía como enemigo armado de los "compañeros" de su hijo Dardo Cabo, que andaba en la nueva tendencia. Armando Cabo había estado, por ejemplo, en el histórico Cabildo Abierto de 1951, y en tantas otras, siempre junto a Eva.

En su investigación sobre el crimen de Rosendo, Walsh describe además la interna gremial, el poder de la UOM, el mítico escenario de luchas de Avellaneda y el Riachuelo. Dos protagonistas de la historia, que estuvieron en el tiroteo de La Real, eran los hermanos Villaflor (hijos del gran sindicalista Aníbal Villaflor, un libertario hacedor del 17 de octubre de 1945). Ellos eran parte de la nueva camada, enfrentada a la llamada burocracia gremial. Perón, el líder exiliado, alentaría a ambos grupos. Y también a unos contra otros. En el tiroteo de la pizzería, Vandor habría matado a su colega Rosendo en medio de la confusión.


El hecho anticipó más crímenes de sindicalistas, ahora por cuenta de los nuevos peronistas (luego vinculados a Montoneros) y también venganzas del sindicalismo armado, que incidió en hechos como la matanza de Ezeiza de 1973 -junto a los represores-, cuando la juventud peronista fue baleada a mansalva.

El crimen de Rosendo de 1966 muestra un fragmento de una Argentina y deja abierta otra, que no se conectó. Muchos no lo recuerdan o no lo saben, pero Walsh había estado con la Libertadora, como muchos montoneros. Luego entraron al peronismo. Justificaron la matanza de sindicalistas “traidores” que, por otro lado, eran el sindicalismo clásico que Perón había creado, ni más ni menos. Luego el propio Vandor fue asesinado, y se involucró al propio Walsh.

El gran escritor narra en ¿Quién mató a Rosendo?, con una mirada de izquierda, el caos que vivía el país, la “traición” de los jerarcas sindicales, el hambre, la persecución, la falta de trabajo y la angustia popular. Lo cierto es que, el país que describe Walsh, fue pintado de modo muy distinto por otros testigos. Según la CGT, había un millón de desocupados en 1965. Según fuentes más aceptadas, el desempleo había disminuido al 5,2 por ciento al año siguiente, cuando La CGT apoyó el golpe militar.

En contexto, el país iba hacia algo mucho mejor de lo que después se vio. La violencia política colaboró en frustrarlo. Pero algo debió hacerse bien para llegar a la década de 1970 con casi pleno empleo, lo que no impidió la pasión por las armas.


El país de Illia

En 1966 el presidente era Arturo Illia. Un mandatario que es respetado por todos los que, paradójicamente, avalaron el mismo taconeo militar que lo desalojó de la Casa Rosada. Muy pocos se preocuparon por comprender las ideas de quien planteaba extinguir los miedos y los odios, las revanchas y las causas sociales que llevaron a la dictadura militar de Onganía, y a la peor dictadura después.

Curiosamente, sindicalistas combativos como Agustín Tosco lo respetaron y evitaron atacarlo. La CGT, en cambio, que antes colaboró con la policía del general Perón, combatió la tolerancia del doctor Illia. ¿Estaba proscripto el peronismo? Sí, y no. Perón no podía volver, pero el peronismo ganó las elecciones de 1965, y hubiera ganado mucho más.

¿Quién era, qué ideas tenía, cómo se formó Illia, alguien que iba a contramano del frívolo café intelectual y las tacuaras de derecha que se mezclaban con la izquierda? Solo un brevísimo trazo. Había hecho su carrera en la calma serrana, pues eligió vivir en el pueblo Cruz del Eje antes que en Europa, donde estuvo como viajero y pudo quedarse. Hijo de chacareros italianos, cordobés por adopción, era un médico de pueblo que no cobraba a los pobres.


Illia acompañó a Amadeo Sabattini en Córdoba, desplegando una obra social pionera, en plena década infame. El doctor del pueblo tenía arrastre de votos. Era famosa su memoria visual: saludaba a los obreros e incluso a sus parientes por el apodo. El golpe militar de 1943 (que la ex presidente Cristina Fernández reivindicó) lo separó de su cargo, vicegobernador electo de Córdoba. Si Perón admiraba a Mussolini, Illia se volcaba por De Gaulle.

Sabía sobre descamisados, se decía, pues vivía en piezas o casas prestadas, con espíritu andariego. Hombre medido, no hacía alardes vocingleros. Era un curioso pacifista entendido en temas militares, que tomó las armas por sus ideas, contrarias al fascismo. Y era un extraño antiperonista que trabajaría por la legalidad del justicialismo, que los más interesados impedían, pateando el tablero de la posible paz. En un momento, Illia pareció el tejedor de una salida política. La última oportunidad antes del exterminio.

La resistencia

La pregunta de quién mató a Vandor es un disparador -según Perón lo mató la CIA-, pero se conecta con más interrogantes, como el de quién engañó a Perón con el frustrado retorno de 1964 -¿lo engañó el peronismo?-; qué era la resistencia peronista, contra qué luchaba y si a veces no lo hizo contra los propios deseos de Perón. Por ejemplo, el ex diputado John William Cooke consideraba a Vandor un “compañero” cuando ambos combatían a Frondizi en 1959, aunque el Lobo ya había sido denunciado como delincuente por las bases de su propio gremio. ¿Cuándo empezó Vandor a ser un “traidor”? En cuanto a Cooke, ¿Defendió las huelgas obreras antes de 1955? ¿Qué hizo el dirigente textil Andrés Framini (apreciado por algunos montoneros) frente a los despidos durante el gobierno de Perón?


Y otras preguntas que se disparan, en provocador desorden, pero confluyentes en una historia sin reconstruir: ¿Cuáles eran los vínculos entre Tacuara, Montoneros y las fuerzas de seguridad? ¿Perón obligó al presidente de facto Alejandro Lanusse a permitirle volver, o fue Lanusse quien obligó a Perón a volver? ¿Por qué el presidente chileno Salvador Allende condecoró a Lanusse, el “enemigo” de la juventud peronista? ¿Por qué Perón se abrazó con el dictador Augusto Pinochet? ¿Por qué los montoneros lo mataron a Aramburu? ¿Estaba dispuesto Perón a pactar con él? ¿Quién mató a Vandor en 1969? ¿Estaba entonces peleado o reconciliado con Perón? ¿Qué pensaba Walsh del fascismo, la violencia y la democracia? Y además, saber por qué Walsh guardó silencio frente a los crímenes de Perón, algunos de los cuales llegó a conocer, y que nosotros probamos con detalle en este libro.



Testimonios: Hipólito Solari Yrigoyen, Emilio Gibaja, Rodolfo Pandolfi, Emma Illia, entre otros.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Hecha la ley



Recientemente, para el portal Infobae, se nos se nos consulta sobre las leyes y la política laboral del peronismo. En el textual de la nota firmada por Claudia Peiró puede leerse:

"En la etapa de acercamiento de Perón a los obreros, que es la de la dictadura, del 43 al 45, hubo sí un favorecimiento a los sindicatos -dice Ariel Kocik, coautor, junto a Hugo Gambini del libro Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón (Sudamericana, 2017)-. Pero una vez que asume la presidencia y hasta el 55, la aplicación efectiva de esos logros y de esas leyes hay que ponerla entre comillas. En la primera etapa, él favorecía la resolución de los conflictos y trataba de fallar a favor de los obreros, sobre todo de los que estaban menos organizados; eso fue así podemos decir que hasta el 48. Pero ya en el segundo gobierno de Perón, la propia CGT llamaba a trabajar el sábado para ayudar al gobierno. Con la crisis económica, se empieza a borrar con el codo lo que se había hecho. Hay una etapa inicial que se presenta como de fiesta o de bonanza social y de otorgamientos, de conquistas, pero muy rápido empieza la represión. Ahí comienza a hacer agua el gobierno entre la metodología y la realidad. De hecho se produce una enorme represión contra las huelgas a partir del 48".


Luego queda señalado que muchas leyes laborales ya existían, y que Perón acertó en el atendimiento de reclamos, arbitrajes y conciliaciones para ciertos gremios, creando además el Instituto Nacional de Remuneraciones y sancionando la conocida ley de asociaciones profesionales (todavía bajo el régimen militar de 1945), que dio poder a la CGT, si bien bajo una tutela política.

"Todo aquel que aceptaba ponerse bajo el registro de la Secretaria de Trabajo podía ser beneficiado. La contracara era que se dictaban leyes represivas, por ejemplo una que permitía romper una huelga inmediatamente si no estaba autorizada por el Estado, por el órgano competente, que era la Secretaría de Trabajo. O sea, hay una ayuda concreta pero al mismo tiempo hay un sometimiento claro", concluye Kocik.

La mayoría de las leyes laborales ya existían, es cierto. En otro orden, complementario y necesario, no se habla demasiado del entramado represivo, en el cual el peronismo produjo todavía más legislación. La militarización de la sociedad, admirada por Perón (era parte de la doctrina de las naciones derrotadas en la segunda guerra mundial), quedó estructurada, de modo nada improvisado, en un conjunto de pilares legales que apuntaban a mejorar la productividad y “resolver” conflictos obreros. El Poder Ejecutivo tenía facultades especiales para ello. Llegó a incluirse la pena capital como amenaza. No se usó la ley para fusilar a nadie; en cambio, se fusiló fuera de toda ley a cientos de humildes que no estaban protegidos por la CGT, ni por sindicato alguno. Por cierto, muchas herramientas que sirvieron para reprimir al propio peronismo después de 1955, habían sido dictadas durante el propio gobierno de Perón. Así lo marcamos en Crímenes y mentiras.



martes, 5 de septiembre de 2017

Un último secuestro, el de la verdad



La desaparición de Santiago Maldonado impone el reclamo por la víctima y el castigo a los responsables de lo que surge como atropello de las fuerzas de seguridad del Estado. La historia de este país y los hechos llevan a denunciarlo así, aun cuando el panorama no esté del todo claro. Si no fuera exacto y estuviéramos errados, se podría esclarecer cómo fue, y no lo están haciendo.

También urge integrar este reclamo a previos casos de represión impune, algunos con causas políticas y otros no. En las últimas décadas hubo decenas de víctimas y un error común ha sido vestir oficialismos que clausuran la solidaridad. Todos saben que la dictadura de 1976 desapareció a miles de personas, pero la represión bajo otros gobiernos, elegidos o no, no está muy aclarada. 

Desde la etapa conservadora en que se oprimió a los pueblos nativos, hasta el peronismo clásico en que se hizo algo parecido aunque se lo ignora, llegando al reciente kirchnerismo cuando también se asesinó indígenas –incluso se desapareció a un trabajador frutero, Daniel Solano, en Río Negro, entre otras víctimas- hasta los recientes hechos de Chubut que hacen hablar del “primer desaparecido” del actual gobierno de Mauricio Macri, sigue habiendo ocultamientos y faltando respuestas.

Tampoco tiene la verdad, o al menos no del todo, una reacción callejera que denuncia crudamente el orden injusto (menos injusto que una dictadura), ya que por un lado se pide garantías al Estado de derecho, y por otro lado se llama a combatirlo. En el caldo violento ingenuo siempre hubo cosechas de un interés reaccionario que no trajo bienestar popular.

Una pregunta es si una gran parte de la sociedad desprecia al orden democrático constitucional. Si es así, cuáles son las variantes posibles, si es que existen. La democracia no ha garantizado la integridad y los derechos de los más humildes, aunque tampoco la han dejado funcionar. Y otro interrogante, ¿está dispuesto cada sector a responder, por ejemplo, sobre los crímenes y desapariciones que hubo bajo gobiernos “populares” de mano dura que gozan de estima en muchos grupos sociales y en el mundo educativo? Allí también hubo complicidades, y el silencio es salud.


Esa fue la historia del siglo veinte, la de ideologías que justificaron las pérdidas de vidas y el crimen de la verdad. La extorsión emocional y el fragote político fueron ventajosos, pero también pasto de tiranías. Aún no se vislumbró una fórmula para una defensa integral de los derechos humanos, que incluya el sinceramiento de todos los descontentos. El reclamo urgente no tiene por qué despreciar lo bueno que se logró en 1983, aunque falte mucho por hacer.

martes, 15 de agosto de 2017

Cuestión de lenguaje



Luego de la última dictadura militar, en la Argentina la palabra “desaparecido” tiene una carga especial. Pero siguió habiendo desaparecidos en democracia, los cuales no se vuelven tan conocidos cuando no son pasibles de ser utilizados políticamente.

Pese a que una policía del lenguaje se siente quién para indicar cómo hay que hablar y recordar -estalinista ella-, en la historia hubo muchos gobiernos elegidos que causaron crímenes masivos. Las dictaduras emotivas, disimuladas, han sido más duraderas que los gobiernos militares de fuerza sin ningún atractivo. Allá en lo que hoy parece el fondo de los tiempos, pero no lo es, la admirable democracia colombiana, inadvertidamente, dejó un presidente elegido que causó más crímenes políticos que la dictadura de Videla en la Argentina.



Aquél inicio del terror en Colombia, en tiempos del Bogotazo, tuvo como socio a Perón en la Argentina y a Franco en España. Si en Colombia se habló de “fosas comunes sin entierro eclesiástico” en la Argentina peronista hubo “personas con paradero incierto y situación procesal inexacta”. Brasil también tuvo “democracia” con desaparecidos. Las “elecciones” en Colombia podían causar la muerte del elector liberal, coronado con incendios de aldeas.

Las llamadas democracias populares del siglo veinte, a veces, dejaron más muertos que las dictaduras sin máscara. El peronismo romántico causó más víctimas fatales que los dictadores Aramburu, Onganía y Lanusse, según probamos con todo detalle en este libro. Una verdad oculta por los que traicionaron la bandera por la verdad y la vida de 1983, porque nunca creyeron en ella.


No obstante, sigue siendo tiempo de reencuentros. Que el nuevo peronismo democrático, o lo que sea que venga, se saque de encima a la vieja izquierda estalinista pituca que lo hundió y tome lo mejor de su propia historia, como el mayor gasoducto del mundo, la pasión social y la obra sanitaria.



martes, 8 de agosto de 2017

El mito y los creyentes


"Los autores muestran –recurriendo a cuantiosa bibliografía, entrevistas y textos del líder– el lado oscuro de los años peronistas. Se habla de las falsedades de información en momentos clave, como el 17 de octubre; de la sospechosa muerte de Juan Duarte; de la cantidad de muertos con nombres y apellidos en lucha contra el comunismo. Se denuncian las traiciones de Perón, la gran mentira de las investigaciones de la isla Huemul. La acogida a dirigentes nazis luego de la derrota de Alemania, incluso la posibilidad de la presencia de Hitler en Argentina. Mencionan una feroz represión a indígenas en Formosa de la que nunca se habló; de la intervención a las universidades donde se refugiaba el pensamiento libre; de la aparición de guerrilleros que en el inicio fueron peronistas y luego echados por el mismo líder." (Fragmento de la crónica de Cristina Bulacio, de La Gaceta de Tucumán, sobre el libro Crímenes y mentiras). 

martes, 11 de julio de 2017

En radio El Mundo


En entrevista para radio El Mundo, recordando el origen de la Triple A (organización de represión ilegal creada en 1973) y sus lejanas raíces en el peronismo original de 1943- 1955. Ante la pregunta de por qué deben leer este libro los peronistas, una respuesta es que pueden hacerlo porque contamos la verdad sobre el 17 de octubre, sin repetir las mentiras que consagraron los que intervinieron sindicatos y pusieron allí soplones de la policía. En reemplazo de quienes hicieron el movimiento de base. Aquí el audio de la entrevista

sábado, 1 de julio de 2017

En radio Mitre (II)


El periodista Jorge Fernández Díaz lee por radio Mitre fragmentos íntegros de nuestro libro Crímenes y Mentiras. El primero de ellos es sobre la represión y los crímenes del primer peronismo, cuya lista completa publicamos por primera vez. (Aquí el audio) El otro fragmento se refiere a la corrupción a gran escala del primer peronismo, cuya herencia llega hasta hoy, en el caso paradigmático de un ministro sindical de Perón, que fue revindicado por Carlos Menem, Hugo Moyano y Carlos Kunkel. (Aquí el audio).