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miércoles, 7 de noviembre de 2018

El “ucase” de Perón




Una “verdad” peronista que todo universitario o periodista o militante esclarecido sabe de memoria, es que la revolución libertadora proscribió y persiguió al peronismo, por lo tanto, el partido de Perón está entre los que más sufrieron la represión. Pero Aramburu no fue tan creativo. De hecho hizo algo que Perón ya había realizado cuando conquistó el poder (al igual que muchos de sus aliados regionales). En 1946  el Presidente electo puso en la mira al Partido Laborista que le había dado el triunfo electoral, de muy reciente creación, que pronto fue perseguido. Perón lanzó un anuncio marcial (llamado entonces ucase) para disolver el laborismo y crear un partido único oficial. Lo hizo con la fuerza pública en pueblos bonaerenses donde los laboristas eran citados por la policía. En esta tarea colaboró una junta integrada por Héctor Cámpora.
Manuel Fossa, dirigente gremial del 17 de octubre, diputado laborista, repudió el “ucase” y contestó que los sumisos cacareaban pero abandonarían a Perón, como le pasara antes a Yrigoyen: “A los obsecuentes de hoy no los hemos visto en la calle los días 15, 16 y 17 de octubre”, ni los verían si había que jugarse de nuevo por Perón o por lo que creían justo. Aceptaba la persecución de la oligarquía, “nuestra enemiga declarada”, pero de ningún modo el rol vigilante de las Juntas del partido Único, como salió publicado en El Día.
En algo acertó: muchos amaron a Yrigoyen pero no lo defendieron en septiembre de 1930, y otros gritaron que darían la vida por Perón, pero no lo hicieron en septiembre de 1955, cuando la aceitada aplanadora peronista –como la describía su líder- fue derribada en pocos días. Ampliaría Manuel Fossa que al concentrar el poder y echar a los que habían hecho el 17 de octubre, Perón no pensó que ese movimiento fue posible porque actuó con “independencia y energía suficiente” para formar un movimiento impresionante que demostró ser mayoritario en el país. (Fragmento de Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón. Hugo Gambini - Ariel Kocik. Sudamericana, 2017)


jueves, 23 de agosto de 2018

El floreo



Ya es costumbre y cabe tomarlo con humor, pero con el ojo atento. El trabajo desarrollado en este sitio se transformó en artículos para medios, revistas y libros, con la firma del mismo autor. Pero también brindó contenido a libros firmados por otros autores, a veces con beneficio de cita y otras no, es decir con apropiación, que incluye el posterior floreo en espacios radiales. En los casos más serios, esto derivó en mediaciones judiciales, donde “reconocidos periodistas” reconocieron en menos que canta un gallo que habían “pecado” pero aspiraban a que todo quedara “en silencio”. Ver: El Laborismo, línea Reyes


Esta semana, un investigador que leyó nuestro libro Crímenes y mentiras (Sudamericana, 2017), y que acaba de publicar un libro de su autoría, expuso su trabajo con fragmentos leídos por la radio más escuchada del país. Se destacaron referencias a los casos del sindicalista Cipriano Reyes, del torturador Roberto Pettinato y el verdugo policial Salomón Wasserman, servidor de Perón. Temas muy desarrollados en este espacio.


Me sonreía por dentro mientras escuchaba párrafos que investigué y escribí, convertidos en alarde ajeno, con la magia de la imprenta y el éter de la tarde. Cualquiera puede leer esos fragmentos en nuestro libro Crímenes y mentiras, y en artículos de este mismo sitio, escritos en plena era del kirchnerismo. Lo curioso es que quienes emplean el trabajo de otros, además de no citarlo, rehúsan hacer consultas para profundizar con verdadero interés en el tema, para evitar errores. Desde ya, no es responsabilidad de los entrevistadores radiales, sino de cada investigador. 


He aquí un fragmento íntegro leído al aire. Cipriano Reyes afirmó sobre el presunto "humanismo" del régimen penitenciario a cargo del señor Roberto Pettinato: Eran todas mentiras! Quisiera que todos los ciudadanos y ciudadanas argentinas hubieran escuchado gritar a los presos que apaleaban en el sótano, por las faltas más leves. Obligaban a los penados a tener retratos de Perón y Eva Perón, para que cuando vinieran estudiantes o viajeros a la penitenciaría quedaran impresionados por el agradecimiento de los pobres presos... Al pabellón de 'disciplina atenuada' iban los delatores y aquéllos cuyas esposas o hermanas accedían a la humillación de hacer determinados 'trámites' en la dirección general. Todo en el régimen carcelario peronista tendía a destruir la personalidad humana. La violencia de los celadores exigía autómtas capaces de soportarla.” Este fragmento (leído por la radio hace dos días, agosto de 2018) fue publicado por el autor de este sitio en la nota "Las cárceles en tiempos de Perón", revista Todo es Historia nº 525, en abril de 2011. Ver además: El torturador favorito del progresismo. Ver El pañuelo y el poder. Ver Cooke en la cárcel


Otra cuestión refiere al texto que usó Perón cuando ascendió por decreto al torturador Wasserman, luego de que éste torturara a Reyes en 1948: “Haga llegar también y en el mismo sentido, mi felicitación y el reconocimiento al personal que intervino en el seguimiento y descubrimiento del complot para atentar contra la vida del presidente de la Nación, señores: inspector Mayor, don Luis Alberto Carlos Serrao, Director de Investigaciones: oficial principal, Don Salomón Wasserman… La evidente diligencia, tesón, sagacidad y valentía puesta en evidencia por ellos en su difícil tarea, hacen que todo elogio resulte parco ante el éxito logrado… Esta pesquisa señala, una vez más, hasta donde pueden superarse los servidores públicos… Reciba, pues, la gratitud del mandatario y el agradecimiento del pueblo… Juan Perón”. Ver: La gratitud del mandatarioVer También: El Estado verdugo

sábado, 11 de agosto de 2018

“No hicimos el 17 de octubre para tiranos ni patrones”



Los actos laboristas del 17 de octubre de 1946, en rebeldía con el gobierno nacional, lograron una asistencia notable, sin propaganda y bajo amenazas, pues no había peor disidencia que la de los testigos del ascenso de Perón, los de la primera hora. La masa obrera fue convocada sin antelación. El gremio de la carne, por ejemplo, se hallaba volcado a su lucha con los frigoríficos, sin tiempo para fiestas. La crónica del diario El Día comparó el acto de Cipriano Reyes con el acto del gobernador Mercante, ambos en La Plata, el laborista en la Plaza Italia y el oficialista en la Plaza San Martín, ambos muy cerca.
“Un raro fenómeno climático hízose presente en un tramo tan corto de la ciudad. No era igual la ‘temperatura’ en la plaza San Martín que en la Plaza Italia. La espontaneidad y el entusiasmo de ésta, contrastaban con la circunspección y el recato que la apreciable cantidad de empleados administrativos impuso al acto donde, se había anunciado, hablaría el jefe de la gobernación bonaerense. En cuestión de cifras, el veredicto se inclinaba por cierta paridad, aunque desviando el fiel de la balanza hacia la plaza Italia. No obstante debieron contarse muchas más “delegaciones” en la plaza San Martín, si los carteles que por docenas lucían –todos pintados por la misma mano, con los mismos colores, idéntica tela y clavados a palos de similar procedencia-, si estos carteles, decíamos, respondían en la realidad a una presencia física acorde con su representación. Esto último no quedó fidedignamente documentado, porque no puede generalizarse sin suficiente prueba el caso de los portadores del cartel de la Federación Universitaria Revolucionaria…”

En el acto laborista, Francisco Suárez Izcúa recordó el sublime momento en que “nos poníamos a la cabeza de las fuerzas obreras, para arrancar de las garras de la oligarquía a quien, por entonces, teníamos como el crisol de la justicia social en la Argentina.” Y anunció: “Pocas veces ha sucedido lo que ha ocurrido con el partido Laborista en la provincia de Buenos Aires, que colocó desde el gobernador a la mayoría parlamentaria y luego esos mismos hombres, muchos de los cuales ocupan puestos que nunca soñaron conquistar, nos vuelven las espaldas. Los que tomamos la dirección del partido, les decimos: el laborismo no sabe tocar retirada, marcha siempre adelante.” Advirtió que los acomodados esgrimían el “puñal florentino de doble filo de la traición por la espalda”.
El senador laborista Juan Manuel Seisdedos Martín denunció que el gobierno buscaba crear una conciencia adicta comprando diarios y escribas mercenarios. La sindicalista María Roldán afirmó que las mujeres laboristas tenían "una actitud heroica que hoy declinan los hombres que caen de rodillas ante las migajas del presupuesto". Por su parte, Cipriano Reyes disparó contra los “camanduleros y disfrazados del acto frío y hosco de la Plaza San Martín”, a quienes llamara “los muertos que caminan”. Afirmó: “Nosotros nunca hemos mentido al calor oficial ni queremos beneficiarnos políticamente, si para eso hay que traicionar.” A diferencia de los otros, decía, “no le hemos pedido al gobernador, ni al feje de policía, ni al director de escuelas que amenace a los empleados para que vengan a nuestro mitin. Entendemos que no se puede gobernar un país con amenazas.” Afirmó: “Nuestro movimiento vino a marcar una nueva era política. Vino a traer el programa de justicia social, por el que se luchó tantos años. Pero nos encontramos con que en el primer mensaje a la Magistratura, leído por el gobernador de la Provincia, coronel Domingo A. Mercante, fruto del movimiento laborista, declaraba públicamente que iba a ser el afiliado número uno de los muertos que caminan, de ese conglomerado amorfo de traidores de muchos partidos. También nos dijo en la época de la euforia, cuando se lo proclamó candidato a Gobernador en el Congreso Laborista: ‘Confieso como hombre y como soldado que he de morir para defender al Partido Laborista’.”

Expresó que sentía “lástima por esos parásitos, tránsfugas y felones” que “militan siempre en las filas de los acomodados”. Señaló que los laboristas no le habían pedido gratitud ni limosnas al gobernador, porque no habían hecho la revolución para él sino para el pueblo. Cipriano censuró al enemistad con los estudiantes y rechazó expresamente la frase “alpargatas sí, libros no”, pues el pueblo también ansiaba su superación cultural. Recordando la jornada de 1945, Cipriano mencionó ante la plaza, la infructuosa búsqueda de Angel Borlenghi, ahora ministro, quien en octubre anterior “seguía conspirando contra Perón, con Avalos y con Vermengo Lima.” También se ocupó de la CGT y de su presunto papel: “¿Con qué derecho viene la CGT a celebrar el 17 de octubre, si no quería la huelga y le importó diez cominos Perón ni Mercante. Y Mercante, ¿cómo puede festejar el 17 de octubre, si él no intervino en el movimiento?” Afirmó Cipriano que si habían mandado algún espía, que subiera y comprobara la gran concurrencia “sin necesidad de dádivas” ni amenazas a empleados públicos, de los cuales muchas cabezas ya habían sido solicitadas en La Plata. Denunció que la policía no hacía nada por parar el juego clandestino, que implicaba directamente a funcionarios. “Señor jefe de policía: la gente del partido único juega en Berisso, en Junín, en Mercedes, en Las Flores, en Dolores y Necochea…” En otro orden, volvió a denunciar a los Mercante: “Nosotros, que hemos venido luchando contra el nepotismo, recordamos que el coronel Mercante nos dijo: ‘Ni un puesto de cochero le daría yo a mi hijo’. Y nos encontramos con que el coronel Mercante ha colocado a su hijo como introductor de embajadores en la Provincia; y creó una repartición especial para Alejandro Mercante; denominada Turismo y Pesca: "hace turismo en el mar del presupuesto y pesca los pesos depositados por el pueblo". Director de Higiene es Héctor Mercante, ministro de Obras Públicas, Raúl Mercante, y otros familiares más sido empleados, como Hugo Mercante, que es funcionario de la Secretaría de Trabajo y Previsión.”

Por último Cipriano le pidió al jefe de policía, coronel Adolfo Marsillac, que volviera al cuartel y devolviera los sueldos al pueblo, pues sus dos cargos eran incompatibles por ley. Reyes cerró el acto en la Plaza Italia con “una emocionada exhortación” a luchar por la justicia y la libertad, con vivas a la clase obrera. Para entonces, el gobierno de Mercante ya se había apropiado del diario El Laborista, cuya edición destacó, entonces, el presunto papel central que jugara “el gringo” el año anterior, así como El Líder señaló que su director, Ángel Borlenghi, “iba y venía” pidiendo la libertad de Perón. Los protagonistas reales pensaban exactamente lo contrario. Al año siguiente, en 1947, la propaganda incluiría a Evita entre los que “hicieron” el 17 de octubre. Con el tiempo, nadie faltó a la cita, como dijo Oscar Troncoso. Al cabo del acto laborista en La Plata en 1946, un poco más tarde, el mismo partido hizo otro acto en la Plaza Congreso de Buenos Aires.

Recién llegado del sur, insistentemente aclamado por el público, Cipriano Reyes afirmó: “Yo no sé por qué el gobierno ha querido darle un sentido oficialista al 17 de octubre, cuando en realidad no lo hicimos para elevar a tiranos ni patrones, sino como un movimiento democrático por la emancipación de los trabajadores y el pueblo argentino”. Ya se había leído una nota de George Michanovsky, de la federación obrera estadounidense, que destacó a Reyes y al laborismo. Ya habían hablado dirigentes como José Perrone; de San Martín, Adolfo Martínez; de Santiago del Estero, y Sara Sastre; de las mujeres laboristas. Agregó Cipriano: “Yo les aseguro desde aquí que ninguno de los personajes que están en los balcones de la Casa Rosada festejando esta fecha estuvo o participaron de estos acontecimientos. Es necesario esclarecer ciertas cosas para que mañana ¡no se escriba la historia con la mano de los traidores! Pasamos por alto los agravios, porque no queremos descender de nuestras convicciones.” Desvirtuó la imputación que le hacían por el crimen del estudiante Aarón Saimún Feijóo: “Dios algún día cortará la mano del asesino que quebró esa valiente voz de protesta.” Allí hubo contingentes de obreros de Avellaneda, Lanús, Loma de Zamora, Morón, San Martín, Vicente López y otros distritos, bajo una intensa lluvia. No faltaron los camiones de provocadores alrededor, siempre con la gentil actitud de la policía.
(Fragmento de El Laborismo, línea Cipriano Reyes, investigación de Ariel Kocik que da cuerpo al capítulo 3 del libro Laborismo (Capital Intelectual, 2014) de Santiago Senén González, con epílogo de Juan Carlos Torre).


jueves, 12 de julio de 2018

La verdad peronista



Una “verdad” peronista que todo universitario, periodista o militante esclarecido sabe de memoria es que la Revolución Libertadora proscribió al peronismo, por lo tanto, el partido de Perón está entre los que más sufrieron la represión. Pero Aramburu no fue tan creativo. De Hecho, hizo algo que Perón ya había realizado cuando conquistó el poder (al igual que muchos de sus aliados regionales). En 1946, el presidente electo puso la mira en el Partido Laborista, de muy reciente creación y que le había dado el triunfo electoral y lanzó la persecución en su contra. Perón hizo un anuncio marcial (llamado entonces “ucase”) para disolver el laborismo y crear un partido único oficial. Lo hizo con la fuerza pública, en pueblos bonaerenses donde los laboristas eran citados por la policía. En esta tarea colaboró una junta integrada por Héctor Cámpora. (Fragmento de Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón. Sudamericana, 2017). 



lunes, 21 de mayo de 2018

Introducción



La historia está atravesada por relatos, mitos y visiones parciales que se adaptan a las modas y a las corrientes de opinión. El peronismo, como emoción política nacional, lleva setenta años marcando el pulso. Su habilidad para el manejo de los medios es una marca de origen. No solo desde una secretaría oficial, como en los tiempos de Apold. En la “batalla cultural”, siempre se destacó por la transgresión, desde aquellos obreros de la carne que marcharon en caravanas a La Plata y a Buenos Aires en octubre de 1945, con ritmo de tambores y aire desafiante (reflejados como carnavaleros por la prensa de izquierda). Con ellos nació una pasión descamisada, un encanto plebeyo que ha rodeado al movimiento popular y bastó para derrotar los mejores argumentos de los adversarios, como aquel que convocaba a la defensa de los derechos humanos de los presos políticos, algo que los diputados peronistas rehuyeron aunque las víctimas fueran trabajadores de sus propios gremios.


El peronismo pudo representar, al mismo tiempo, la avanzada revolucionaria y su contención implacable. Convocó a personajes como el sindicalista Cipriano Reyes y el verdugo Jorge Osinde. El idealista y el gendarme, la rebeldía y la delación. Pudo combatir el capital y pedirle angustiosamente auxilio. Pretender que el país se convirtiera en una potencia latina, aunque la crisis apretara hacia adentro haciendo escasear el cereal que la Argentina ofrecía al exterior. En su seno fue posible festejar el golpe militar de 1966 y luego declararse su víctima. Suena extraño, pero bajo el mismo escudo político se pudo ser la víctima desaparecida y el propio represor en sombras, muchas veces a sabiendas de quién era quién. Héctor Cámpora no podía ignorar en 1973 quiénes eran los responsables de la represión a los jóvenes peronistas. Y no los denunció, acaso porque recordaba que el deber de un peronista era ser leal al jefe (sobre la base de esta lealtad los mediría el pueblo), según le confesó a uno de los autores de este libro. (Fragmento de Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón. Sudamericana, 2017). 

viernes, 29 de diciembre de 2017

Reportaje al "terrorismo" pituco

Revista Confirmado

Son los años sesenta. Se respira una tensión entre la democracia frágil, la modernidad, la vanguardia artística y una espiral política violenta. Hay pequeñas guerrillas, pero no preocupan tanto. Según informes periodísticos, en una Argentina con 22 millones de habitantes, solo 1200 están envueltos en el “terrorismo”.
Los violentos reales o imaginarios son de clase media. En la capital federal frecuentan la calle Corrientes, el café Tortoni, el círculo de la Facultad de Filosofía y Letras, bares como el American, el Cotto y el Florida. Odian al peronismo parlamentario -que existe, por cierto- y a la conducción peronista política.
Los hay universitarios. Uno de ellos, bebiendo un jugo de tomates en una coqueta confitería de la calle Esmeralda, admitió para la revista Confirmado que todo “terrorista” puede liquidar inocentes, “pero no le preocupa”. Actúa en nombre de algo y eso “legitima la violencia”. El mismo joven asume la palabra “terrorista”. La revista los describe como una “élite” para la cual los estatutos jurídicos de la sociedad no existen.

Los sesenta

En años de Mafalda, con cierta frivolidad, se convive con el florecer de grupos de violencia urbana, y también rural. Sus ideas son confusas y mezcladas, pero germinan en la juventud peronista. Algunos se inspiran en el Che Guevara, otros en Primo de Rivera, y hasta las hordas del criminal croata Ante Pavelic -que vivió en un barrio que será emblema del rock nacional- dejaron sus enseñanzas y herederos.
La mayoría son hombres. Utilizan armas de fuego, pero también dinamita conseguida en las canteras y otros explosivos. No es difícil armarse. Un estudiante trotskista de Medicina, asegura que será fácil sacarles las armas a los militares. Un día explotó un departamento del barrio norte porteño, donde una “célula trotskista” guardaba bombas. También se denuncia que hay “terroristas” pagos. Tienen empleos públicos sin cumplir funciones, y son utilizados como grupos de choque por sectores políticos.

Literatura en los sesenta.

Las anécdotas recogidas por la revista Confirmado también son tragicómicas. Un chico universitario alardeó que asaltaría joyerías para financiar la revolución. Se subió a un taxi mostrando su pistola, y lo hicieron bajar en la comisaría. Está de moda la psicología, y la explicación será que en verdad quiso evitar el delito. De hecho, muchos violentos son descriptos como neuróticos que se evaden. “Ponen una bomba en vez de irse a vivir con una mujer”, afirma un psicoanalista.
Lo increíble es que los servicios, y gente no tan informada, los conocen perfectamente. Cierto porcentaje de los embriones de guerrillas está infiltrado o integrado por gente de las fuerzas de seguridad. Más aún, en el mundo político se conoce muy bien su trama y a sus referentes urbanos. Algunos son de las “mejores” familias.
Por algún motivo, los dejan actuar. Más vale "terrorista" conocido, que relevo por conocer, se sugiere. Muchas veces se va de las manos, en hechos como el asalto al policlínico bancario que deja dos muertos, o asesinatos como el de Raúl Alterman, un joven judío volcado al marxismo.
Las revistas como Confirmado y Primera Plana, que reflejan la evolución de la violencia en el país, son devoradas por la clase media politizada. El periodismo y el mundo de la política también conviven con los chicos que ponen bombas.
Un ex detenido político le narró al autor de esta nota que en los 1950 -durante el peronismo-, un joven de familia muy rica, el nacionalista Diego Muñiz Barreto, le pidió un fusil para matar a Perón. Más tarde, Muñiz Barreto se vinculó al peronismo "revolucionario". Fue desaparecido por la dictadura de 1976.

Sobre orígenes de la violencia política alentada por el Estado, ver:


Recordación: cuentos peronistas reconstruye historias ocultas, pero toma precauciones ante las personas que cultivan el plagio.

lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Quién mató a Vandor?



Es una lástima, porque somos todos peronistas. (Antes de comenzar los disparos).

El tiroteo en la pizzería La Real de Avellaneda, que dejó muerto al sindicalista Rosendo García, fue narrado por el escritor Rodolfo Walsh, que sugiere que el Lobo Augusto Vandor, poderoso dirigente metalúrgico allí presente, fue el matador de Rosendo, compañero de su propio gremio. Comenzó casi como una bronca de bar, pero allí había dos grupos antagónicos del peronismo. Fue en 1966.

Se cruzaron por casualidad. De un lado estaban los vandoristas, y del otro un grupo del peronismo "revolucionario", que integraban Juan Zalazar y Domingo Blajaquis, ambos también asesinados. Estuvo presente Armando Cabo (histórico metalúrgico de Perón y de Eva, y padre de Dardo Cabo, del grupo Descamisados), que integraba la corte de Vandor, y fue acusado por Walsh de matar a Zalazar, quien estaba comiendo con sus amigos luego de trabajar un montón de horas en la Shell. El “griego” Blajaquis, a su vez, fue descripto como la imagen del revolucionario. 

Algo curioso es que Armando Cabo lucía como enemigo armado de los "compañeros" de su hijo Dardo Cabo, que andaba en la nueva tendencia.* Armando Cabo había estado, por ejemplo, en el histórico Cabildo Abierto de 1951, y en tantas otras, siempre junto a Eva.

En su investigación sobre el crimen de Rosendo, Walsh describe además la interna gremial, el poder de la UOM, el mítico escenario de luchas de Avellaneda y el Riachuelo. Dos protagonistas de la historia, que estuvieron en el tiroteo de La Real, eran los hermanos Villaflor (hijos del gran sindicalista Aníbal Villaflor, un libertario hacedor del 17 de octubre de 1945). Ellos eran parte de la nueva camada, enfrentada a la llamada burocracia gremial. Perón, el líder exiliado, alentaría a ambos grupos. Y también a unos contra otros. En el tiroteo de la pizzería, Vandor habría matado a su colega Rosendo en medio de la confusión.


El hecho anticipó más crímenes de sindicalistas, ahora por cuenta de los nuevos peronistas (luego vinculados a Montoneros) y también venganzas del sindicalismo armado, que incidió en hechos como la matanza de Ezeiza de 1973 -junto a los represores-, cuando la juventud peronista fue baleada a mansalva.

El crimen de Rosendo de 1966 muestra un fragmento de una Argentina y deja abierta otra, que no se conectó. Muchos no lo recuerdan o no lo saben, pero Walsh había estado con la Libertadora, como muchos montoneros. Luego entraron al peronismo. Justificaron la matanza de sindicalistas “traidores” que, por otro lado, eran el sindicalismo clásico que Perón había creado, ni más ni menos. Luego el propio Vandor fue asesinado, y se involucró al propio Walsh.

El gran escritor narra en ¿Quién mató a Rosendo?, con una mirada de izquierda, el caos que vivía el país, la “traición” de los jerarcas sindicales, el hambre, la persecución, la falta de trabajo y la angustia popular. Lo cierto es que, el país que describe Walsh, fue pintado de modo muy distinto por otros testigos. Según la CGT, había un millón de desocupados en 1965. Según fuentes más aceptadas, el desempleo había disminuido al 5,2 por ciento al año siguiente, cuando La CGT apoyó el golpe militar.

En contexto, el país iba hacia algo mucho mejor de lo que después se vio. La violencia política colaboró en frustrarlo. Pero algo debió hacerse bien para llegar a la década de 1970 con casi pleno empleo, lo que no impidió la pasión por las armas.


El país de Illia

En 1966 el presidente era Arturo Illia. Un mandatario que es respetado por todos los que, paradójicamente, avalaron el mismo taconeo militar que lo desalojó de la Casa Rosada. Muy pocos se preocuparon por comprender las ideas de quien planteaba extinguir los miedos y los odios, las revanchas y las causas sociales que llevaron a la dictadura militar de Onganía, y a la peor dictadura después.

Curiosamente, sindicalistas combativos como Agustín Tosco lo respetaron y evitaron atacarlo. La CGT, en cambio, que antes colaboró con la policía del general Perón, combatió la tolerancia del doctor Illia. ¿Estaba proscripto el peronismo? Sí, y no. Perón no podía volver, pero el peronismo ganó las elecciones de 1965, y hubiera ganado mucho más.

¿Quién era, qué ideas tenía, cómo se formó Illia, alguien que iba a contramano del frívolo café intelectual y las tacuaras de derecha que se mezclaban con la izquierda? Solo un brevísimo trazo. Había hecho su carrera en la calma serrana, pues eligió vivir en el pueblo Cruz del Eje antes que en Europa, donde estuvo como viajero y pudo quedarse. Hijo de chacareros italianos, cordobés por adopción, era un médico de pueblo que no cobraba a los pobres.


Illia acompañó a Amadeo Sabattini en Córdoba, desplegando una obra social pionera, en plena década infame. El doctor del pueblo tenía arrastre de votos. Era famosa su memoria visual: saludaba a los obreros e incluso a sus parientes por el apodo. El golpe militar de 1943 (que la ex presidente Cristina Fernández reivindicó) lo separó de su cargo, vicegobernador electo de Córdoba. Si Perón admiraba a Mussolini, Illia se volcaba por De Gaulle.

Sabía sobre descamisados, se decía, pues vivía en piezas o casas prestadas, con espíritu andariego. Hombre medido, no hacía alardes vocingleros. Era un curioso pacifista entendido en temas militares, que tomó las armas por sus ideas, contrarias al fascismo. Y era un extraño antiperonista que trabajaría por la legalidad del justicialismo, que los más interesados impedían, pateando el tablero de la posible paz. En un momento, Illia pareció el tejedor de una salida política. La última oportunidad antes del exterminio.

La resistencia

La pregunta de quién mató a Vandor es un disparador -según Perón lo mató la CIA-, pero se conecta con más interrogantes, como el de quién engañó a Perón con el frustrado retorno de 1964 -¿lo engañó el peronismo?-; qué era la resistencia peronista, contra qué luchaba y si a veces no lo hizo contra los propios deseos de Perón. Por ejemplo, el ex diputado John William Cooke consideraba a Vandor un “compañero” cuando ambos combatían a Frondizi en 1959, aunque el Lobo ya había sido denunciado como delincuente por las bases de su propio gremio. ¿Cuándo empezó Vandor a ser un “traidor”? En cuanto a Cooke, ¿Defendió las huelgas obreras antes de 1955? ¿Qué hizo el dirigente textil Andrés Framini (apreciado por algunos montoneros) frente a los despidos durante el gobierno de Perón?


Y otras preguntas que se disparan, en provocador desorden, pero confluyentes en una historia sin reconstruir: ¿Cuáles eran los vínculos entre Tacuara, Montoneros y las fuerzas de seguridad? ¿Perón obligó al presidente de facto Alejandro Lanusse a permitirle volver, o fue Lanusse quien obligó a Perón a volver? ¿Por qué el presidente chileno Salvador Allende condecoró a Lanusse, el “enemigo” de la juventud peronista? ¿Por qué Perón se abrazó con el dictador Augusto Pinochet? ¿Por qué los montoneros lo mataron a Aramburu? ¿Estaba dispuesto Perón a pactar con él? ¿Quién mató a Vandor en 1969? ¿Estaba entonces peleado o reconciliado con Perón? ¿Qué pensaba Walsh del fascismo, la violencia y la democracia? Y además, saber por qué Walsh guardó silencio frente a los crímenes de Perón, algunos de los cuales llegó a conocer, y que nosotros probamos con detalle en este libro.



Testimonios: Hipólito Solari Yrigoyen, Emilio Gibaja, Rodolfo Pandolfi, Emma Illia, entre otros.

* Errata: El giro de Dardo Cabo a la nueva tendencia es posterior.