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jueves, 12 de julio de 2018

La verdad peronista



Una “verdad” peronista que todo universitario, periodista o militante esclarecido sabe de memoria es que la Revolución Libertadora proscribió al peronismo, por lo tanto, el partido de Perón está entre los que más sufrieron la represión. Pero Aramburu no fue tan creativo. De Hecho, hizo algo que Perón ya había realizado cuando conquistó el poder (al igual que muchos de sus aliados regionales). En 1946, el presidente electo puso la mira en el Partido Laborista, de muy reciente creación y que le había dado el triunfo electoral y lanzó la persecución en su contra. Perón hizo un anuncio marcial (llamado entonces “ucase”) para disolver el laborismo y crear un partido único oficial. Lo hizo con la fuerza pública, en pueblos bonaerenses donde los laboristas eran citados por la policía. En esta tarea colaboró una junta integrada por Héctor Cámpora. (Fragmento de Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón. Sudamericana, 2017). 


lunes, 21 de mayo de 2018

Introducción



La historia está atravesada por relatos, mitos y visiones parciales que se adaptan a las modas y a las corrientes de opinión. El peronismo, como emoción política nacional, lleva setenta años marcando el pulso. Su habilidad para el manejo de los medios es una marca de origen. No solo desde una secretaría oficial, como en los tiempos de Apold. En la “batalla cultural”, siempre se destacó por la transgresión, desde aquellos obreros de la carne que marcharon en caravanas a La Plata y a Buenos Aires en octubre de 1945, con ritmo de tambores y aire desafiante (reflejados como carnavaleros por la prensa de izquierda). Con ellos nació una pasión descamisada, un encanto plebeyo que ha rodeado al movimiento popular y bastó para derrotar los mejores argumentos de los adversarios, como aquel que convocaba a la defensa de los derechos humanos de los presos políticos, algo que los diputados peronistas rehuyeron aunque las víctimas fueran trabajadores de sus propios gremios.


El peronismo pudo representar, al mismo tiempo, la avanzada revolucionaria y su contención implacable. Convocó a personajes como el sindicalista Cipriano Reyes y el verdugo Jorge Osinde. El idealista y el gendarme, la rebeldía y la delación. Pudo combatir el capital y pedirle angustiosamente auxilio. Pretender que el país se convirtiera en una potencia latina, aunque la crisis apretara hacia adentro haciendo escasear el cereal que la Argentina ofrecía al exterior. En su seno fue posible festejar el golpe militar de 1966 y luego declararse su víctima. Suena extraño, pero bajo el mismo escudo político se pudo ser la víctima desaparecida y el propio represor en sombras, muchas veces a sabiendas de quién era quién. Héctor Cámpora no podía ignorar en 1973 quiénes eran los responsables de la represión a los jóvenes peronistas. Y no los denunció, acaso porque recordaba que el deber de un peronista era ser leal al jefe (sobre la base de esta lealtad los mediría el pueblo), según le confesó a uno de los autores de este libro. (Fragmento de Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón. Sudamericana, 2017). 

viernes, 29 de diciembre de 2017

Reportaje al "terrorismo" pituco

Revista Confirmado

Son los años sesenta. Se respira una tensión entre la democracia frágil, la modernidad, la vanguardia artística y una espiral política violenta. Hay pequeñas guerrillas, pero no preocupan tanto. Según informes periodísticos, en una Argentina con 22 millones de habitantes, solo 1200 están envueltos en el “terrorismo”.
Los violentos reales o imaginarios son de clase media. En la capital federal frecuentan la calle Corrientes, el café Tortoni, el círculo de la Facultad de Filosofía y Letras, bares como el American, el Cotto y el Florida. Odian al peronismo parlamentario -que existe, por cierto- y a la conducción peronista política.
Los hay universitarios. Uno de ellos, bebiendo un jugo de tomates en una coqueta confitería de la calle Esmeralda, admitió para la revista Confirmado que todo “terrorista” puede liquidar inocentes, “pero no le preocupa”. Actúa en nombre de algo y eso “legitima la violencia”. El mismo joven asume la palabra “terrorista”. La revista los describe como una “élite” para la cual los estatutos jurídicos de la sociedad no existen.

Los sesenta

En años de Mafalda, con cierta frivolidad, se convive con el florecer de grupos de violencia urbana, y también rural. Sus ideas son confusas y mezcladas, pero germinan en la juventud peronista. Algunos se inspiran en el Che Guevara, otros en Primo de Rivera, y hasta las hordas del criminal croata Ante Pavelic -que vivió en un barrio que será emblema del rock nacional- dejaron sus enseñanzas y herederos.
La mayoría son hombres. Utilizan armas de fuego, pero también dinamita conseguida en las canteras y otros explosivos. No es difícil armarse. Un estudiante trotskista de Medicina, asegura que será fácil sacarles las armas a los militares. Un día explotó un departamento del barrio norte porteño, donde una “célula trotskista” guardaba bombas. También se denuncia que hay “terroristas” pagos. Tienen empleos públicos sin cumplir funciones, y son utilizados como grupos de choque por sectores políticos.

Literatura en los sesenta.

Las anécdotas recogidas por la revista Confirmado también son tragicómicas. Un chico universitario alardeó que asaltaría joyerías para financiar la revolución. Se subió a un taxi mostrando su pistola, y lo hicieron bajar en la comisaría. Está de moda la psicología, y la explicación será que en verdad quiso evitar el delito. De hecho, muchos violentos son descriptos como neuróticos que se evaden. “Ponen una bomba en vez de irse a vivir con una mujer”, afirma un psicoanalista.
Lo increíble es que los servicios, y gente no tan informada, los conocen perfectamente. Cierto porcentaje de los embriones de guerrillas está infiltrado o integrado por gente de las fuerzas de seguridad. Más aún, en el mundo político se conoce muy bien su trama y a sus referentes urbanos. Algunos son de las “mejores” familias.
Por algún motivo, los dejan actuar. Más vale "terrorista" conocido, que relevo por conocer, se sugiere. Muchas veces se va de las manos, en hechos como el asalto al policlínico bancario que deja dos muertos, o asesinatos como el de Raúl Alterman, un joven judío volcado al marxismo.
Las revistas como Confirmado y Primera Plana, que reflejan la evolución de la violencia en el país, son devoradas por la clase media politizada. El periodismo y el mundo de la política también conviven con los chicos que ponen bombas.
Un ex detenido político le narró al autor de esta nota que en los 1950 -durante el peronismo-, un joven de familia muy rica, el nacionalista Diego Muñiz Barreto, le pidió un fusil para matar a Perón. Más tarde, Muñiz Barreto se vinculó al peronismo "revolucionario". Fue desaparecido por la dictadura de 1976.

Sobre orígenes de la violencia política alentada por el Estado, ver:


Recordación: cuentos peronistas reconstruye historias ocultas, pero toma precauciones ante las personas que cultivan el plagio.

lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Quién mató a Vandor?



Es una lástima, porque somos todos peronistas. (Antes de comenzar los disparos).

El tiroteo en la pizzería La Real de Avellaneda, que dejó muerto al sindicalista Rosendo García, fue narrado por el escritor Rodolfo Walsh, que sugiere que el Lobo Augusto Vandor, poderoso dirigente metalúrgico allí presente, fue el matador de Rosendo, compañero de su propio gremio. Comenzó casi como una bronca de bar, pero allí había dos grupos antagónicos del peronismo. Fue en 1966.

Se cruzaron por casualidad. De un lado estaban los vandoristas, y del otro un grupo del peronismo "revolucionario", que integraban Juan Zalazar y Domingo Blajaquis, ambos también asesinados. Estuvo presente Armando Cabo (histórico metalúrgico de Perón y de Eva, y padre de Dardo Cabo, del grupo Descamisados), que integraba la corte de Vandor, y fue acusado por Walsh de matar a Zalazar, quien estaba comiendo con sus amigos luego de trabajar un montón de horas en la Shell. El “griego” Blajaquis, a su vez, fue descripto como la imagen del revolucionario. 

Algo curioso es que Armando Cabo lucía como enemigo armado de los "compañeros" de su hijo Dardo Cabo, que andaba en la nueva tendencia.* Armando Cabo había estado, por ejemplo, en el histórico Cabildo Abierto de 1951, y en tantas otras, siempre junto a Eva.

En su investigación sobre el crimen de Rosendo, Walsh describe además la interna gremial, el poder de la UOM, el mítico escenario de luchas de Avellaneda y el Riachuelo. Dos protagonistas de la historia, que estuvieron en el tiroteo de La Real, eran los hermanos Villaflor (hijos del gran sindicalista Aníbal Villaflor, un libertario hacedor del 17 de octubre de 1945). Ellos eran parte de la nueva camada, enfrentada a la llamada burocracia gremial. Perón, el líder exiliado, alentaría a ambos grupos. Y también a unos contra otros. En el tiroteo de la pizzería, Vandor habría matado a su colega Rosendo en medio de la confusión.


El hecho anticipó más crímenes de sindicalistas, ahora por cuenta de los nuevos peronistas (luego vinculados a Montoneros) y también venganzas del sindicalismo armado, que incidió en hechos como la matanza de Ezeiza de 1973 -junto a los represores-, cuando la juventud peronista fue baleada a mansalva.

El crimen de Rosendo de 1966 muestra un fragmento de una Argentina y deja abierta otra, que no se conectó. Muchos no lo recuerdan o no lo saben, pero Walsh había estado con la Libertadora, como muchos montoneros. Luego entraron al peronismo. Justificaron la matanza de sindicalistas “traidores” que, por otro lado, eran el sindicalismo clásico que Perón había creado, ni más ni menos. Luego el propio Vandor fue asesinado, y se involucró al propio Walsh.

El gran escritor narra en ¿Quién mató a Rosendo?, con una mirada de izquierda, el caos que vivía el país, la “traición” de los jerarcas sindicales, el hambre, la persecución, la falta de trabajo y la angustia popular. Lo cierto es que, el país que describe Walsh, fue pintado de modo muy distinto por otros testigos. Según la CGT, había un millón de desocupados en 1965. Según fuentes más aceptadas, el desempleo había disminuido al 5,2 por ciento al año siguiente, cuando La CGT apoyó el golpe militar.

En contexto, el país iba hacia algo mucho mejor de lo que después se vio. La violencia política colaboró en frustrarlo. Pero algo debió hacerse bien para llegar a la década de 1970 con casi pleno empleo, lo que no impidió la pasión por las armas.


El país de Illia

En 1966 el presidente era Arturo Illia. Un mandatario que es respetado por todos los que, paradójicamente, avalaron el mismo taconeo militar que lo desalojó de la Casa Rosada. Muy pocos se preocuparon por comprender las ideas de quien planteaba extinguir los miedos y los odios, las revanchas y las causas sociales que llevaron a la dictadura militar de Onganía, y a la peor dictadura después.

Curiosamente, sindicalistas combativos como Agustín Tosco lo respetaron y evitaron atacarlo. La CGT, en cambio, que antes colaboró con la policía del general Perón, combatió la tolerancia del doctor Illia. ¿Estaba proscripto el peronismo? Sí, y no. Perón no podía volver, pero el peronismo ganó las elecciones de 1965, y hubiera ganado mucho más.

¿Quién era, qué ideas tenía, cómo se formó Illia, alguien que iba a contramano del frívolo café intelectual y las tacuaras de derecha que se mezclaban con la izquierda? Solo un brevísimo trazo. Había hecho su carrera en la calma serrana, pues eligió vivir en el pueblo Cruz del Eje antes que en Europa, donde estuvo como viajero y pudo quedarse. Hijo de chacareros italianos, cordobés por adopción, era un médico de pueblo que no cobraba a los pobres.


Illia acompañó a Amadeo Sabattini en Córdoba, desplegando una obra social pionera, en plena década infame. El doctor del pueblo tenía arrastre de votos. Era famosa su memoria visual: saludaba a los obreros e incluso a sus parientes por el apodo. El golpe militar de 1943 (que la ex presidente Cristina Fernández reivindicó) lo separó de su cargo, vicegobernador electo de Córdoba. Si Perón admiraba a Mussolini, Illia se volcaba por De Gaulle.

Sabía sobre descamisados, se decía, pues vivía en piezas o casas prestadas, con espíritu andariego. Hombre medido, no hacía alardes vocingleros. Era un curioso pacifista entendido en temas militares, que tomó las armas por sus ideas, contrarias al fascismo. Y era un extraño antiperonista que trabajaría por la legalidad del justicialismo, que los más interesados impedían, pateando el tablero de la posible paz. En un momento, Illia pareció el tejedor de una salida política. La última oportunidad antes del exterminio.

La resistencia

La pregunta de quién mató a Vandor es un disparador -según Perón lo mató la CIA-, pero se conecta con más interrogantes, como el de quién engañó a Perón con el frustrado retorno de 1964 -¿lo engañó el peronismo?-; qué era la resistencia peronista, contra qué luchaba y si a veces no lo hizo contra los propios deseos de Perón. Por ejemplo, el ex diputado John William Cooke consideraba a Vandor un “compañero” cuando ambos combatían a Frondizi en 1959, aunque el Lobo ya había sido denunciado como delincuente por las bases de su propio gremio. ¿Cuándo empezó Vandor a ser un “traidor”? En cuanto a Cooke, ¿Defendió las huelgas obreras antes de 1955? ¿Qué hizo el dirigente textil Andrés Framini (apreciado por algunos montoneros) frente a los despidos durante el gobierno de Perón?


Y otras preguntas que se disparan, en provocador desorden, pero confluyentes en una historia sin reconstruir: ¿Cuáles eran los vínculos entre Tacuara, Montoneros y las fuerzas de seguridad? ¿Perón obligó al presidente de facto Alejandro Lanusse a permitirle volver, o fue Lanusse quien obligó a Perón a volver? ¿Por qué el presidente chileno Salvador Allende condecoró a Lanusse, el “enemigo” de la juventud peronista? ¿Por qué Perón se abrazó con el dictador Augusto Pinochet? ¿Por qué los montoneros lo mataron a Aramburu? ¿Estaba dispuesto Perón a pactar con él? ¿Quién mató a Vandor en 1969? ¿Estaba entonces peleado o reconciliado con Perón? ¿Qué pensaba Walsh del fascismo, la violencia y la democracia? Y además, saber por qué Walsh guardó silencio frente a los crímenes de Perón, algunos de los cuales llegó a conocer, y que nosotros probamos con detalle en este libro.



Testimonios: Hipólito Solari Yrigoyen, Emilio Gibaja, Rodolfo Pandolfi, Emma Illia, entre otros.

* Errata: El giro de Dardo Cabo a la nueva tendencia es posterior.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Hecha la ley



Recientemente, para el portal Infobae, se nos se nos consulta sobre las leyes y la política laboral del peronismo. En el textual de la nota firmada por Claudia Peiró puede leerse:

"En la etapa de acercamiento de Perón a los obreros, que es la de la dictadura, del 43 al 45, hubo sí un favorecimiento a los sindicatos -dice Ariel Kocik, coautor, junto a Hugo Gambini del libro Crímenes y mentiras. Las prácticas oscuras de Perón (Sudamericana, 2017)-. Pero una vez que asume la presidencia y hasta el 55, la aplicación efectiva de esos logros y de esas leyes hay que ponerla entre comillas. En la primera etapa, él favorecía la resolución de los conflictos y trataba de fallar a favor de los obreros, sobre todo de los que estaban menos organizados; eso fue así podemos decir que hasta el 48. Pero ya en el segundo gobierno de Perón, la propia CGT llamaba a trabajar el sábado para ayudar al gobierno. Con la crisis económica, se empieza a borrar con el codo lo que se había hecho. Hay una etapa inicial que se presenta como de fiesta o de bonanza social y de otorgamientos, de conquistas, pero muy rápido empieza la represión. Ahí comienza a hacer agua el gobierno entre la metodología y la realidad. De hecho se produce una enorme represión contra las huelgas a partir del 48".


Luego queda señalado que muchas leyes laborales ya existían, y que Perón acertó en el atendimiento de reclamos, arbitrajes y conciliaciones para ciertos gremios, creando además el Instituto Nacional de Remuneraciones y sancionando la conocida ley de asociaciones profesionales (todavía bajo el régimen militar de 1945), que dio poder a la CGT, si bien bajo una tutela política.

"Todo aquel que aceptaba ponerse bajo el registro de la Secretaria de Trabajo podía ser beneficiado. La contracara era que se dictaban leyes represivas, por ejemplo una que permitía romper una huelga inmediatamente si no estaba autorizada por el Estado, por el órgano competente, que era la Secretaría de Trabajo. O sea, hay una ayuda concreta pero al mismo tiempo hay un sometimiento claro", concluye Kocik.

La mayoría de las leyes laborales ya existían, es cierto. En otro orden, complementario y necesario, no se habla demasiado del entramado represivo, en el cual el peronismo produjo todavía más legislación. La militarización de la sociedad, admirada por Perón (era parte de la doctrina de las naciones derrotadas en la segunda guerra mundial), quedó estructurada, de modo nada improvisado, en un conjunto de pilares legales que apuntaban a mejorar la productividad y “resolver” conflictos obreros. El Poder Ejecutivo tenía facultades especiales para ello. Llegó a incluirse la pena capital como amenaza. No se usó la ley para fusilar a nadie; en cambio, se fusiló fuera de toda ley a cientos de humildes que no estaban protegidos por la CGT, ni por sindicato alguno. Por cierto, muchas herramientas que sirvieron para reprimir al propio peronismo después de 1955, habían sido dictadas durante el propio gobierno de Perón. Así lo marcamos en Crímenes y mentiras.



martes, 5 de septiembre de 2017

Un último secuestro, el de la verdad



La desaparición de Santiago Maldonado impone el reclamo por la víctima y el castigo a los responsables de lo que surge como atropello de las fuerzas de seguridad del Estado. La historia de este país y los hechos llevan a denunciarlo así, aun cuando el panorama no esté del todo claro. Si no fuera exacto y estuviéramos errados, se podría esclarecer cómo fue, y no lo están haciendo.

También urge integrar este reclamo a previos casos de represión impune, algunos con causas políticas y otros no. En las últimas décadas hubo decenas de víctimas y un error común ha sido vestir oficialismos que clausuran la solidaridad. Todos saben que la dictadura de 1976 desapareció a miles de personas, pero la represión bajo otros gobiernos, elegidos o no, no está muy aclarada. 

Desde la etapa conservadora en que se oprimió a los pueblos nativos, hasta el peronismo clásico en que se hizo algo parecido aunque se lo ignora, llegando al reciente kirchnerismo cuando también se asesinó indígenas –incluso se desapareció a un trabajador frutero, Daniel Solano, en Río Negro, entre otras víctimas- hasta los recientes hechos de Chubut que hacen hablar del “primer desaparecido” del actual gobierno de Mauricio Macri, sigue habiendo ocultamientos y faltando respuestas.

Tampoco tiene la verdad, o al menos no del todo, una reacción callejera que denuncia crudamente el orden injusto (menos injusto que una dictadura), ya que por un lado se pide garantías al Estado de derecho, y por otro lado se llama a combatirlo. En el caldo violento ingenuo siempre hubo cosechas de un interés reaccionario que no trajo bienestar popular.

Una pregunta es si una gran parte de la sociedad desprecia al orden democrático constitucional. Si es así, cuáles son las variantes posibles, si es que existen. La democracia no ha garantizado la integridad y los derechos de los más humildes, aunque tampoco la han dejado funcionar. Y otro interrogante, ¿está dispuesto cada sector a responder, por ejemplo, sobre los crímenes y desapariciones que hubo bajo gobiernos “populares” de mano dura que gozan de estima en muchos grupos sociales y en el mundo educativo? Allí también hubo complicidades, y el silencio es salud.


Esa fue la historia del siglo veinte, la de ideologías que justificaron las pérdidas de vidas y el crimen de la verdad. La extorsión emocional y el fragote político fueron ventajosos, pero también pasto de tiranías. Aún no se vislumbró una fórmula para una defensa integral de los derechos humanos, que incluya el sinceramiento de todos los descontentos. El reclamo urgente no tiene por qué despreciar lo bueno que se logró en 1983, aunque falte mucho por hacer.

martes, 15 de agosto de 2017

Cuestión de lenguaje



Luego de la última dictadura militar, en la Argentina la palabra “desaparecido” tiene una carga especial. Pero siguió habiendo desaparecidos en democracia, los cuales no se vuelven tan conocidos cuando no son pasibles de ser utilizados políticamente.

Pese a que una policía del lenguaje se siente quién para indicar cómo hay que hablar y recordar -estalinista ella-, en la historia hubo muchos gobiernos elegidos que causaron crímenes masivos. Las dictaduras emotivas, disimuladas, han sido más duraderas que los gobiernos militares de fuerza sin ningún atractivo. Allá en lo que hoy parece el fondo de los tiempos, pero no lo es, la admirable democracia colombiana, inadvertidamente, dejó un presidente elegido que causó más crímenes políticos que la dictadura de Videla en la Argentina.



Aquél inicio del terror en Colombia, en tiempos del Bogotazo, tuvo como socio a Perón en la Argentina y a Franco en España. Si en Colombia se habló de “fosas comunes sin entierro eclesiástico” en la Argentina peronista hubo “personas con paradero incierto y situación procesal inexacta”. Brasil también tuvo “democracia” con desaparecidos. Las “elecciones” en Colombia podían causar la muerte del elector liberal, coronado con incendios de aldeas.

Las llamadas democracias populares del siglo veinte, a veces, dejaron más muertos que las dictaduras sin máscara. El peronismo romántico causó más víctimas fatales que los dictadores Aramburu, Onganía y Lanusse, según probamos con todo detalle en este libro. Una verdad oculta por los que traicionaron la bandera por la verdad y la vida de 1983, porque nunca creyeron en ella.


No obstante, sigue siendo tiempo de reencuentros. Que el nuevo peronismo democrático, o lo que sea que venga, se saque de encima a la vieja izquierda estalinista pituca que lo hundió y tome lo mejor de su propia historia, como el mayor gasoducto del mundo, la pasión social y la obra sanitaria.