Buscar en Cuentos peronistas...

viernes, 30 de noviembre de 2012

La máscara de Fernando


Alejandro Lanusse pasó un cautiverio duro bajo el peronismo, y gente de su entorno fue muy castigada. Estuvo contra el presidente Illia, pero era "el más civil" de los militares, según varios políticos. Su gobierno se asocia a fusilamientos, pero ese punto no lo aleja de Perón, que dejó sangre en el monte, incluso más. Lanusse fue un dictador duro según quién la cuente, pero en 1971 recibió la orden Bernando O' Higgins del socialista Salvador Allende, presidente de Chile. Perón tendría un buen trato con el dictador que derrocó a Allende. En los años setenta muchos jóvenes creían que desde España, el líder justicialista daba una pulseada maestra para volver al país, pero era Lanusse, presidente de facto, quien quería forzar esa vuelta, mientras hablaba con todos los partidos. 


En cierto punto, el mayor enemigo del retorno de Perón, era su propia voluntad. Por otro lado no sería una buena noticia para los grupos que lo nombraban. Para muchos, era mejor si el líder estaba lejos. La máscara de Fernando VII funcionaba con el rey en Europa, sin gobernar. Si el monarca volvía, se caían las máscaras, según el ejemplo de Rodolfo Pandolfi. Entonces tronaría el escarmiento. Tal fue la maniobra de Lanusse: obligar al residente en Madrid a tomar contacto con la realidad del país que estallaba, y no permitir un exilio o un final que lo convirtiera en mito revolucionario sin riesgo. Juan Ovidio Zavala señala que la vuelta de Perón es un acuerdo con la oligarquía, que descubrió que no había mejor represor de la guerrilla que su propio abuelo meridional. Se olvidaban las causas judiciales de Perón y éste podía ejercer el poder. De la mano traía viejos colaboradores. Algunos radicales y militares vieron llegar en el avión a quienes los castigaran veinte años antes, como Jorge Osinde. Pero esta vez la represión era para los jóvenes, metidos en el peronismo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Los fusilados


En 1945 el gendarme Solveyra Casares reprimió a 60 campesinos en el Chaco, matando a cinco de ellos, como Leonor Quaretta. Pablo Cepeda, obrero de la selva, sufriría la picana y tiros de carabina. La prensa ocultaba estos hechos, ignorados hasta hoy. Poco después el coronel Perón anunció "dar la tierra a quien la trabaja" en una gira por el noroeste del país. Ya en 1947 miles de habitantes de Formosa de las etnias pilagá y wichí se negaban a ser explotados en Salta por el estanciero Robustiano Patrón Costas, quien los echó del ingenio. La caravana de braceros hambrientos, trasladada a pie, recibió del gobierno nacional comida en mal estado y muchos empezaron a morir. Enfermos y desesperados, la gendarmería los rodeó y los aisló, en un verdadero campo de concentración abandonado de todo derecho. 

Octubre pilagá, por Valeria Mapelman.


Por último, milicos y civiles los fusilaron con ametralladoras, matanza que continuó por varias semanas, contra los fugitivos y testigos, quemando, rematando y enterrando a niños, hombres, mujeres y ancianos. Se mencionan mil quinientos caídos en Formosa, pero entre muertos y desaparecidos, ascenderían a más de dos mil víctimas, en una de las masacres más impresionantes de la Argentina, que nadie recuerda, secuestrada y desaparecida de la historia. El esfuerzo por llamar "fusiladora" a la revolución de Aramburu, por las treinta víctimas de 1956, negando a los miles de caídos en 1947, ilustra que los nativos humildes no valen, para el café de izquierda, como los militares peronistas o los civiles de clase media. Curiosamente, durante la matanza de 1947, el teniente coronel Aramburu estaba destacado en la gendarmería nacional.

Leer más: Los fusilados

sábado, 10 de noviembre de 2012

Balbín y la historia al revés



Ricardo Balbín era un joven abogado y había luchado con dictaduras. A diferencia de amigos suyos, no usaba armas. Su medio era la tribuna y se peleaba. Era familiero y amiguero, hincha de Gimnasia. Su tono no era doctoral, sino emotivo y claro. Estaba en la intransigencia y era amigo de Arturo Frondizi. Ese grupo no cuestionó ninguna conquista social, sino que exigió conquistas más grandes. Como la nacionalización de los frigoríficos. El radicalismo apoyó ese proyecto del laborista Cipriano Reyes en 1946. Si fracasó, fue porque los diputados de la CGT, como Silverio Pontieri , le dieron la espalda. 

Los obreros de Berisso lucharon con la policía y vieron llegar al ejército, que puso sus armas en el barrio fabril. Ningún adulón lo cuenta, pero los que hicieron el 17 de octubre no cobraron el aumento y fueron entregados. En una reunión, el obrero de la carne Jacinto Biscochea le dijo a Perón que no usara crumiros. Con Perón y Mercante asistían el gendarme Solveyra Casares (un famoso torturador, retratado como tal por el artista León Gieco) y también Evita.


Días después, Evita fue a Berisso a pedir el fin de la huelga y fue silbada por los obreros. Jacinto Biscochea, secretario general, fue secuestrado mientras denunciaba la maniobra de Evita. Su esposa Elba lo buscó por La Plata. Por entonces, el sindicato de la carne denunció a los traidores y recibió a los radicales, como Ernesto Sammartino, quien luchó por derechos humanos y obreros muy temprano. Balbín estuvo ahí, cerca del frigorífico. “Es el gobierno que está con las empresas”, arengó. Ricardo Guardo cuenta que a veces los diputados peronistas se levantaban para aplaudirlo, y así llegó Balbín a la cárcel de Olmos. Manos amigas le hacían llegar pichón de paloma para comer, cuenta su biógrafo. Todos los días conversaba con dos asesinos. 

Veinte años después, Balbín andaba en la unión del país. Perón lo llenó de elogios y se abrazaron. Lo acusaron de bruto, de provinciano, de político a la antigua y de llegar cansado a la última dictadura, ya anciano. Pero dejó armado el combinado que ganó en 1983, semilla del juicio a los militares. Sus críticos no asumieron lo que Balbín tenía claro en 1946 y Perón comprendió en 1973. Unos justificaron la prisión de Balbín. Pero un protagonista de esta historia, Jacinto Biscochea, fue secuestrado por la policía de Mercante, meses después de haber cuidado la espalda del candidato a gobernador, Domingo Mercante, durante la campaña en tren por la provincia, para las elecciones de 1946.