martes, 20 de noviembre de 2012

Los fusilados


En 1945 el gendarme Solveyra Casares reprimió a 60 campesinos en el Chaco, matando a cinco de ellos, como Leonor Quaretta. Pablo Cepeda, obrero de la selva, sufriría la picana y tiros de carabina. La prensa ocultaba estos hechos, ignorados hasta hoy. Poco después el coronel Perón anunció "dar la tierra a quien la trabaja" en una gira por el noroeste del país. Ya en 1947 miles de habitantes de Formosa de las etnias pilagá y wichí se negaban a ser explotados en Salta por el estanciero Robustiano Patrón Costas, quien los echó del ingenio. La caravana de braceros hambrientos, trasladada a pie, recibió del gobierno nacional comida en mal estado y muchos empezaron a morir. Enfermos y desesperados, la gendarmería los rodeó y los aisló, en un verdadero campo de concentración abandonado de todo derecho. 

Octubre pilagá, por Valeria Mapelman.


Por último, milicos y civiles los fusilaron con ametralladoras, matanza que continuó por varias semanas, contra los fugitivos y testigos, quemando, rematando y enterrando a niños, hombres, mujeres y ancianos. Se mencionan mil quinientos caídos en Formosa, pero entre muertos y desaparecidos, ascenderían a más de dos mil víctimas, en una de las masacres más impresionantes de la Argentina, que nadie recuerda, secuestrada y desaparecida de la historia. El esfuerzo por llamar "fusiladora" a la revolución de Aramburu, por las treinta víctimas de 1956, negando a los miles de caídos en 1947, ilustra que los nativos humildes no valen, para el café de izquierda, como los militares peronistas o los civiles de clase media. Curiosamente, durante la matanza de 1947, el teniente coronel Aramburu estaba destacado en la gendarmería nacional.

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