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miércoles, 23 de abril de 2014

La suma radical



El presidente Arturo Frondizi (1958-1962) fue atacado por sus viejos correligionarios del radicalismo, que lo consideraban la causa de división en un partido que tenía todo para ganar si mantenía la unidad. Para Ricardo Balbín, incluso, era una cuestión de lealtad personal. Su viejo amigo y compañero de luchas lo había abandonado y no podía perdonarlo. 

Para mucha gente sería una sorpresa saber que las famosas elecciones que ganó el sindicalista Andrés Framini en 1962, que la mitología peronista sigue considerando una victoria histórica, fue señalada por algunos como “la peor elección de su historia.” El radicalismo intransigente había ganado en once distritos, el peronismo clásico en cuatro y los radicales del pueblo ganaron en el bastión cordobés.



La sumatoria de todos los votos peronistas no llegó a dos millones ochocientos mil votos, aun si se incluye a los laboristas, que no eran estrictamente peronistas ni enemigos de Frondizi. Mientras tanto, la suma de los votos radicales -divididos en dos fuerzas- daba un total de cuatro millones. Incluso en la provincia de Buenos Aires el peronismo de Framini obtuvo “un magro 36 por ciento” contra un 43 por ciento de la masa radical fraccionada, según explica Rodolfo Pandolfi. 

El peronismo había perdido en la Capital Federal, Córdoba, Corrientes, Santa Fe, Mendoza y Entre Ríos. No obstante, ganó ajustadamente en la provincia clave, lo cual bastó para generar un gran efecto político que llevaría a la caída de un gobierno. Si el radicalismo concurría unido, hubiera ganado. Su fuerte debate interno le impidió abroquelarse, como tantas veces lo supo hacer el peronismo. Hoy vuelve a ser un desafío y un interrogante.


domingo, 20 de abril de 2014

La Argentina que vio Gabo


García Márquez no quiso volver a la Argentina después de haber publicado en Buenos Aires su obra Cien años de soledad. No era por falta de afecto. La voz de Gardel estaba entre los buenos recuerdos de su niñez. Eligió publicar en un país con florecimiento cultural, aunque habían derrocado al presidente. Poco queda por decir de su calidad de narrador y del coronel Buendía. Políticamente, nunca se cuestionó a Gabo su cercanía a la Unión Soviética de Stalin, aunque a Borges no se le perdonó su visita al Chile de Pinochet. Al colombiano le encantaba frecuentar políticos extravagantes, que ayudaron a inspirar su Otoño del Patriarca, que nunca se sabe si es un dictador de derecha o un líder popular. Cuando vivía en Europa, América Latina estaba plagada de dictadores, y él veía a Perón como uno más, entre los Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Trujillo, Batista o Stroessner. En los años setenta, quería a los montoneros, pero les recordaba que, a su juicio, el origen del movimiento era fascista. 


De algún modo el peronismo era incomprensible desde lejos, como el lunfardo de los suburbios de Buenos Aires, aunque admiraba y leía a Tomás Eloy Martínez, autor de la novela Santa Evita. También quería mucho a Julio Cortázar y junto a él fueron más populares que Jorge Luis Borges, a quien el gobierno de Perón nombrara inspector de pollos y conejos como castigo. Por cierto, Cortázar también había escapado del movimiento popular. Se cuenta que Julio escribía al norte de la Plaza de Mayo, en bares también frecuentados por gente como Adolf Eichman, refugiado en el río de la Plata. Contradicciones argentinas. Gabriel García Márquez fue amigo del peruano Mario Vargas Llosa, en tiempos de bohemia y pobreza, pero Mario rompió con el socialismo y con él también, denunciando los fusilamientos y los tanques invasores. Para la izquierda de café argentina, Gabo era una debilidad. Cualquier político hubiera pagado por una foto con él, a la par de Fidel Castro. La gran paradoja es que en la Argentina de Mafalda, que era la capital literaria de América, donde Gabo publicó su obra, había más salud, trabajo y educación que hoy. Sin embargo, hubo fervoroso consenso en combatir ese bienestar relativo hasta desembocar en una dictadura feroz.



jueves, 10 de abril de 2014

La victoria de Arlt

En un famoso texto, proponía que el país eligiera a ladrones auténticos y no a charlatanes de "pureza cívica". Roberto Arlt escribía en una época que fue demonizada, aunque se robaba menos que después. El presidente Roberto Marcelino Ortiz, por ejemplo, ganó con fraude pero fue muy decente con los fondos públicos. Había gente que se suicidaba apenas por ver su nombre sugerido en actos de corrupción. A los corruptos de hoy les daría ternura. En una curiosa evolución, entrado el siglo XXI, el país asiste al prestigio de los delincuentes públicos, que son aplaudidos en los centros de la cultura, logrando respaldo académico y hasta jurídico para su oficio. La proclama de Arlt, que él creía exagerada, se convirtió en una plataforma de gobierno que todos quieren respetar:

"Si usted quiere ser diputado, exclame por todas partes: 'Soy un ladrón… He robado todo lo que he podido y siempre'. Todos los sinvergüenzas que aspiran a chuparle la sangre al país tuvieron la mala costumbre de hablar a la gente de su honestidad... No hay prontuariado con antecedentes de fiscal de mesa y de subsecretario de comité que no hable de 'honradez'. En definitiva, sobre el país se ha desatado tal catarata de honestidad, que ya no se encuentra un solo pillo auténtico. 


El presidente Ortiz gobernó en la década infame
Sin embargo, tuvo más decencia personal 
que los corruptos populares.
Les propondré el siguiente discurso... 'Aspiro a ser diputado, porque aspiro a robar en grande y a acomodarme mejor...íntima y ardorosamente, deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se vacían las arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que comprender es la más intensa y efectiva que guarda el corazón de todo hombre que se presenta a candidato a diputado. Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que creo no tienen mis rivales... Mis colegas también quieren robar, pero no saben robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien vendida...

¡Lo que no robaré yo, señores! ¿Qué es lo que no robaré?, díganme ustedes. Y si ustedes son capaces de enumerarme una sola materia en la cual yo no sea capaz de robar, renuncio 'ipso facto' a mi candidatura. Piénsenlo aunque sea un minuto, señores ciudadanos. Piénsenlo. Yo he robado. Soy un gran ladrón. Y si ustedes no creen en mi palabra, vayan al Departamento de Policía y consulten mi prontuario. Verán que performance tengo... desempeñé la tarea de grupí, rematador falluto, corredor, pequero, extorsionista, encubridor, agente de investigaciones... presidente de comité, convencional..."