domingo, 20 de abril de 2014

La Argentina que vio Gabo


García Márquez no quiso volver a la Argentina después de haber publicado en Buenos Aires su obra Cien años de soledad. No era por falta de afecto. La voz de Gardel estaba entre los buenos recuerdos de su niñez. Eligió publicar en un país con florecimiento cultural, aunque habían derrocado al presidente. Poco queda por decir de su calidad de narrador y del coronel Buendía. Políticamente, nunca se cuestionó a Gabo su cercanía a la Unión Soviética de Stalin, aunque a Borges no se le perdonó su visita al Chile de Pinochet. Al colombiano le encantaba frecuentar políticos extravagantes, que ayudaron a inspirar su Otoño del Patriarca, que nunca se sabe si es un dictador de derecha o un líder popular. Cuando vivía en Europa, América Latina estaba plagada de dictadores, y él veía a Perón como uno más, entre los Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Trujillo, Batista o Stroessner. En los años setenta, quería a los montoneros, pero les recordaba que, a su juicio, el origen del movimiento era fascista. 


De algún modo el peronismo era incomprensible desde lejos, como el lunfardo de los suburbios de Buenos Aires, aunque admiraba y leía a Tomás Eloy Martínez, autor de la novela Santa Evita. También quería mucho a Julio Cortázar y junto a él fueron más populares que Jorge Luis Borges, a quien el gobierno de Perón nombrara inspector de pollos y conejos como castigo. Por cierto, Cortázar también había escapado del movimiento popular. Se cuenta que Julio escribía al norte de la Plaza de Mayo, en bares también frecuentados por gente como Adolf Eichman, refugiado en el río de la Plata. Contradicciones argentinas. Gabriel García Márquez fue amigo del peruano Mario Vargas Llosa, en tiempos de bohemia y pobreza, pero Mario rompió con el socialismo y con él también, denunciando los fusilamientos y los tanques invasores. Para la izquierda de café argentina, Gabo era una debilidad. Cualquier político hubiera pagado por una foto con él, a la par de Fidel Castro. La gran paradoja es que en la Argentina de Mafalda, que era la capital literaria de América, donde Gabo publicó su obra, había más salud, trabajo y educación que hoy. Sin embargo, hubo fervoroso consenso en combatir ese bienestar relativo hasta desembocar en una dictadura feroz.