domingo, 15 de febrero de 2015

Encuentro en la calle Posadas



En la primera reunión en su departamento, Perón se hizo el desentendido sobre el tema Bramuglia, quien con su aval había arreglado con los radicales “renovadores”, que lanzaron la fórmula Juan Atilio Bramuglia-Alejandro Leloir, a espaldas de los laboristas. En el siguiente encuentro, hubo una inesperada aparición de Evita, quien preguntó por Cipriano y al verlo allí, le reclamó más radicales en las fórmulas. Reyes le dijo que eso lo resolvía el partido. Perón la invitó a Eva a salir y tuvo una discusión fuerte con ella en el cuarto de al lado. Uno de los muchachos armados que acompañaban a Cipriano (como parte de su seguridad), al parecer de apellido Aguirre, contó que Evita quedó muy enojada con Reyes, afirmando: “Este negro se quiere salir con la suya”. Para el obrero Jorge, Evita y su hermano Juan no lo querían a Cipriano. La conducción laborista identificaba a los hermanos Duarte como radicales, antes protegidos por el comité de su pueblo natal, donde actuaba Moisés Lebensohn. Cipriano ese día dijo que el partido no quería intromisiones de paracaidistas y que por haberse cortado solo, Bramuglia ya no corría con el laborismo, que elegiría una fórmula propia.


El coronel jugó una carta más: recordó que la fórmula de Bramuglia ya estaba en la calle. Contaría Reyes: “El tono imperativo con que Perón marcó esta expresión nos hizo cosquillear la piel. Reaccionamos.” El laborismo mantuvo su postura. Jazmín Quijano, presente en la reunión, protestó: “¡Esto es una barbaridad! ¡Esto es un alzamiento!” Convencido de su mal cálculo, Perón comprendió que la fórmula de Bramuglia ya no valía mucho y pasó entonces a pedir: “Fíjense bien lo que van a resolver… ¡Podemos perder la elección!” La respuesta fue: “Quédese tranquilo, coronel. Perderemos si vamos con esa fórmula. Esta gente no suma, por el contrario, resta.” Los laboristas se levantaron y salieron volando para La Plata. A la noche los llamaron para verse con Perón otra vez. 



Al otro día, 28 de enero, otra vez en Posadas 1567, apareció el brigadier Bartolomé De La Colina, quien lo invitó a Reyes a pasar a una oficina poco usada por Perón. Con buena fe intentó influir. Ante la explicación de Cipriano, el militar aceptó que algunos laderos de Perón, sin tener que ver con la base obrera del laborismo, pretendían encabezar las listas. De la Colina dijo que, por lo visto, los laboristas tenían razón. Perón quedó muy molesto: “¡Ustedes son los caprichosos!”, exclamó. Se marchó a la cocina seguido de cerca por Cipriano, quien así recordó la escena: “Cerró violentamente la puerta cerca de mi cara. Mi reacción fue rápida: puse la punta del pie contra ella, con la intención de entrar tras él para explicarle lo que ya sabía de antemano. Tanto el coronel Mercante como otras personas me tomaron amistosamente de los brazos pidiéndome que me calmara, que tuviera en cuenta que se trataba del coronel Perón. ‘Él está un poco nervioso, Cipriano. Serénese usted y ya mañana veremos cómo podremos arreglar todo esto’.” 


Reyes no se moderó: “Todo lo que ustedes quieran. Pero nosotros no le podemos permitir que nos trate como si él fuera el dueño de la República… Se cree que somos unos pobres negros de los frigoríficos… ¡Somos nosotros los que lo sacamos de Martín García el 17 de octubre!... ¡Les aseguro que si esto hubiera ocurrido en otro lugar, uno de los dos habría salido por la ventana!’.” Recuerda una vez más Cipriano: “Posiblemente, mis impulsos me llevaron más allá de lo que debieron. Pero eran tantas las situaciones confusas, los juegos tramposos y sucios, que ésta había sido la gota que desbordó el vaso.” Mercante, presente en la reunión, al salir les pidió a los laboristas que se vieran al día siguiente y de ahí mismo salió su candidatura, contraria a los deseos de Perón. No hubo arreglo entonces, y el laborismo se bastó para vencer en la provincia clave del país.



(Fragmento de El Laborismo, línea Cipriano Reyes, investigación de Ariel Kocik que da cuerpo al capítulo 3 del libro Laborismo (Capital Intelectual, 2014) de Santiago Senén González, con epílogo de Juan Carlos Torre).

Ver La cocina de las candidaturas