domingo, 29 de marzo de 2015

Gardel de Avellaneda


Más allá de Francia, de Nueva York y de Palermo, entre el Abasto y Montevideo, su patria fue también Avellaneda. Al doblar el siglo, el sur de Barracas era la atracción prohibida del juego, la apuesta y las “pupilas”. Un francés gordo y atorrante cantaba en la calle Humahuaca, enfrente del mercado popular. El dueño del bar, puntero de Balvanera, estaba ligado al jefe político del sur, don Alberto Barceló. Amistades en común, un bandoneonista lo vinculó con Juan Ruggiero, el malandra de Dock Sud que lideraba el comité conservador de la calle Pavón, enfrente al frigorífico La Negra, y también manejaba el “escolaso” que a él tanto le gustaba. El cantor alegró las noches donde se preparaba el fraude electoral, y la gente de la capital jugaba sin trabas. Los matones de Ruggierito acompañaban a los porteños a cruzar el río. Cierta vez Gardel se metió con la mujer de un hombre “de respetar en el hampa porteña” y así recibió el balazo que le quedó alojado para siempre. Buscó la protección de su amigo del otro lado del Riachuelo y el pleito motivó una negociación entre guapos conservadores y radicales.


Ruggiero tenía un fiero competidor “peludista” y rivales como el Gallego Julio, pero esta vez habría advertido que “si tocan a Gardel habrá guerra”. Y el interesado pasó una temporadita en Uruguay para calmar las aguas y poner a salvo una voz única en el mundo. Avellaneda le había dado documentos, protección, amigos, pasión futbolera, juego y milonga. Una tierra que tenía todo lo que la policía de la capital podía censurar y el tango necesitaba. El principal burdel de la Isla Maciel, el Farol Colorado, estaba a una cuadra de la escuela primaria. Cientos de pupilas brillaban en los cuarenta puteros de la isla y regaban la orilla hasta el Puente Alsina y Pompeya, a dos pesos la noche. El cruce de las calles Pavón y Mitre, Avellaneda a un paso de la capital, ofrecía muchachas rubias “importadas”. Gardel fue un ídolo carismático de los conservadores de zonas fabriles donde los obreros temían el crumiraje patronal. Los matones de Barceló llegaron al crimen político. Pero el ámbito dejaría paso, también, al humanismo social con herencia libertaria.



Fuente: “Ruggierito”, por Adrián Pignatelli, revista Todo es Historia.
Ver Aquarela Baires

viernes, 13 de marzo de 2015

El ángel justicialista


(Continúa de La amiga del ministro) En 1955 el diario El Líder, que fuera del ministro peronista Angel Borlenghi, no dudaba que su ex propietario era un delincuente. De algún lado venían, se pensaba, los fondos con que Borlenghi se alojaba en el hotel Waddorf Astoria, uno de los más caros de Nueva York, donde se refugiaba. Se ha mencionado que Angel Gabriel utilizó testaferros y amigos cuando estuvo en el poder. Juana Azpitarte, la amiga de Borlenghi, tenía dos automóviles, Mercedes y Fiat, hallados en la calle Rincón de Banfield. El domicilio de Juana, en la calle Ayacucho, deparó la sorpresa de muebles, lujos, cristales, “adornos fastuosísimos”, más de 213.300 pesos en efectivo y joyas varias, además de un contrato de sociedad anónima Lomenn con Juan López, que desde enero hasta abril de 1955, había logrado un superávit de 1.339.300 pesos. También manejaba negocios de compraventa de inmuebles y campos en el interior.

Azpitarte, la amiga de Borlenghi, usaba una doble personalidad. Se le hallaron dos libretas, una a su nombre, y otra con el de Marta Lorrondo, presunta ciudadana nacida en Rosario el 30 de julio de 1924. Se estableció que el fraude fue realizado por el ex Ministro de Interior, pidiendo cuatro libretas falsas al director del Registro de las Personas, Cándido Garrido, al que devolvió solo tres, guardando una para consumar la falsificación. Juana había huido del país apenas antes de estallar la revolución de setiembre, y logró volver para llevarse joyas y dinero al exterior.




Se sumaban alfombras, aparatos eléctricos, bebidas importadas, cubiertos de plata, cristalerías, tapados de pieles por docenas, docenas de zapatos y otras menudencias extraídas sin cargo de los Almacenes Justicialistas, hechos que hoy no impresionan, pero eran noticia en la época que Arturo Illia vivía casi de prestado. Cautivó la atención aquél documento que era una suerte de manual para girar fondos al extranjero sin constancias ni intervención de autoridades, hallado en el departamento del ex ministro. El diario El Líder, que perteneciera a Borlenghi, señaló que la fortuna de su ex director fugado del país se valuaba en 30 millones de pesos. Entre los prestanombres del alto funcionario se denunció a Raúl Tortorelli, Augusto Porto, José Ramón Estrada y otros.

El capitán Zavala Carbó mostró contradocumentos de la señora Delia Mastroviejo, que expresaban que los depósitos realizados por ella misma en Suiza, pertenecían en realidad al ex ministro Borlenghi. También se halló una libreta de cheques en blanco firmados por Augusto Porto, de una cuenta corriente abierta en 1949 en el banco Italo Belga del Uruguay. El mismo Porto firma un memorándum explicando a Borlenghi los pasos para retirar fondos hacia el exterior. También apareció el documento de contraventa del diario El Líder, por una suma absurda de 40.000 pesos, vendido por Borlenghi a dicho ciudadano Porto en 1949, deduciéndose que era su testaferro.



El propio José María Argaña, ex diputado y hombre de Borlenghi en la federación del comercio, negó que Porto fuera propietario real del citado periódico. Una carta para Borlenghi escrita desde Suiza, de enero de 1950, le comunicaba que le había sido depositada la suma de cien mil francos suizos en el banco Banqaver. Otras cartas similares tenían hojas arrancadas con datos de movimientos de dinero. En una de ellas se leía: “Me obligo a depositar en el banco Italia y Río de la Plata, a nombre de Delia Mastroviejo, la suma de cincuenta y ocho millones de liras”.

El Ministerio del Interior concentraba fabulosos recursos y el control de organismos como la policía, el registro nacional de las personas, la vigilancia de precios, la caja de jubilaciones de la policía, el municipio de la capital federal, los juzgados electorales, el registro de la propiedad, los institutos penales, inspección general de Justicia, etc. Los investigadores de su fortuna se preguntaron: “¿cuántos centenares de dólares y libras introdujo Borlenghi en el mercado libre, adueñado de las fuerzas de seguridad?”. Nunca se sabría el total, pero eran “cifras siderales”, al ser estudiado “no solo en el atraco, sino como jerarca del cuadro dirigente para el despojo de los bienes nacionales”. 

Por todas estas razones, quienes lo investigaron, dejaron por escrito que, a diferencia de otros títeres, Borlenghi era un self made man, que siempre trabajó para su encumbramiento y usó su gremialismo como trampolín para subir al primer plano, otorgándose “mejoras sociales” a sí mismo. Para ello usó al sindicato, al que “aparentó proteger”, dándose una vida de lujos y “comodidades principescas”, cuidando de poner sus bienes a nombre de otro.


Fuentes: expedientes judiciales e investigaciones de 1956. Archivos de la revolución libertadora. Diversos diarios que fueran peronistas. Denuncias penales que el tiempo y las amnistías se llevaron.


(Materiales registrados con derechos de autor)

domingo, 8 de marzo de 2015

La amiga del ministro


(Continúa de El viaje de Clara Borlenghi) Por entonces se hablaba del enriquecimiento de Borlenghi y de su amiga Juana Azpitarte. En un local de Villalonga, avenida Figueroa Alcorta y Salguero, se encontraron muebles, telas, cuadros y objetos que superaban los 450 mil pesos, a nombre de la federación de comercio, pero nadie dudó que pertenecían a quien fuera su líder. En la calle Callao 144 también se hallaron alfombras de lujo por más de 400 mil pesos, a nombre del citado sindicato, señalado como “prestanombre” del ex dirigente gremial. Se ha señalado que la finca de la Lucila, ubicada en la calle Andrés Ferreyra, también engrosaba el patrimonio ministerial, llegando Borlenghi a “elegir la casa que le iba a obsequiar la federación del Comercio”. La operación habría sido hecha por la propia Juana Azpitarte.

Allí había muebles, tapices, cortinados y vajillas por más de dos millones de pesos. Lo mismo había sucedido con la finca La Gratitud de la Matanza, donada por el sindicato al ministro. Estas “donaciones” no eran otra cosa que “el despojo de los salarios de los empleados de comercio y el saqueo de los bienes nacionales”. La revolución libertadora intervino y la familia Borlenghi, pasado el tiempo, los ha reclamado como propios. En 1955 nadie creía inocente al hombre responsable de tantas represiones y actos de despojo, que buscó refugio en una dictadura del Caribe. Su propio gremio lo denunció y lo suspendió, según la prensa que fuera peronista. En cuanto a la amiga Juana, tenía un patrimonio millonario en su domicilio de la calle Ayacucho, además de sociedades y bienes a su nombre.

Fuentes: expedientes judiciales e investigaciones de 1956. Archivos de la revolución libertadora. Diversos diarios que fueran peronistas.

lunes, 2 de marzo de 2015

Chiarante, el sueño comunista


A fines de los años treinta estaban convencidos de que los aguardaba el futuro por derecho ganado. El albañil Pedro Chiarante era uno de sus más avezados cuadros, dirigente del sindicato de la construcción, su mayor fortaleza gremial. Traía laureles como su papel en la memorable huelga de 1936.

Hoy sorprende la alianza entre el socialismo soviético y el nazismo alemán, pero obedecía a cierta lógica anticapitalista en 1939. Cuando Hitler daba los primeros pasos, el estalinismo ya cargaba millones de muertos y muchos campos de concentración.

Chiarante no estaba de acuerdo con nazis o imperalistas: se expresó por la neutralidad en la guerra, lo contrario de lo que le marcaría su partido después. Debió aceptar los cambios de línea a los que Codovilla los dejaba expuestos con crudeza. Roto el pacto del socialismo con Hitler, los bolches pasaron a ser furiosos antifascistas y el peronismo fue para ellos una prolongación del Eje en la Argentina.

Las hazañas del ejército rojo, un clima internacional favorable y cierta avanzada en sindicatos locales, los convencieron de su invulnerabilidad. Allí estaba Rodolfo Ghioldi, veterano de la columna Prestes en Brasil, donde la izquierda parecía crecer. Raúl González Tuñón repudiaba a los "bandoleros" peronistas y se presentaría para diputado.

Chiarante soportó la represión, la cárcel y el encierro en Martín García, adonde viajaba su familia para visitarlo, desde la barriada de Pompeya. En 1945 Perón lo hizo llevar hasta su mismo despacho. Irreducible, repudió a la CGT y a la política represiva. Mercante había comprendido la dificultad para infiltrar su sindicato. Cuando fue liberado, fogoneó una nueva huelga.

En otros gremios, el optimismo de los comunistas no iba a la par de su masa popular. Muchos activistas de base, en una nueva ola nacional y laborista, los combatieron como si fueran meros agentes de la policía estalinista. Se encaramaron en la Unión Democrática siguiendo el esquema europeo, pero la derrota los dejó ante la disyuntiva de resistir o infiltrarse, arrancando burlas de Perón, para quien los comunistas estaban siempre disfrazados. No pareció el caso de Chiarante, quien siguió visitando las cárceles y comisarías.