lunes, 2 de marzo de 2015

Chiarante, el sueño comunista


A fines de los años treinta estaban convencidos de que los aguardaba el futuro por derecho ganado. El albañil Pedro Chiarante era uno de sus más avezados cuadros, dirigente del sindicato de la construcción, su mayor fortaleza gremial. Traía laureles como su papel en la memorable huelga de 1936.

Hoy sorprende la alianza entre el socialismo soviético y el nazismo alemán, pero obedecía a cierta lógica anticapitalista en 1939. Cuando Hitler daba los primeros pasos, el estalinismo ya cargaba millones de muertos y muchos campos de concentración.

Chiarante no estaba de acuerdo con nazis o imperalistas: se expresó por la neutralidad en la guerra, lo contrario de lo que le marcaría su partido después. Debió aceptar los cambios de línea a los que Codovilla los dejaba expuestos con crudeza. Roto el pacto del socialismo con Hitler, los bolches pasaron a ser furiosos antifascistas y el peronismo fue para ellos una prolongación del Eje en la Argentina.

Las hazañas del ejército rojo, un clima internacional favorable y cierta avanzada en sindicatos locales, los convencieron de su invulnerabilidad. Allí estaba Rodolfo Ghioldi, veterano de la columna Prestes en Brasil, donde la izquierda parecía crecer. Raúl González Tuñón repudiaba a los "bandoleros" peronistas y se presentaría para diputado.

Chiarante soportó la represión, la cárcel y el encierro en Martín García, adonde viajaba su familia para visitarlo, desde la barriada de Pompeya. En 1945 Perón lo hizo llevar hasta su mismo despacho. Irreducible, repudió a la CGT y a la política represiva. Mercante había comprendido la dificultad para infiltrar su sindicato. Cuando fue liberado, fogoneó una nueva huelga.

En otros gremios, el optimismo de los comunistas no iba a la par de su masa popular. Muchos activistas de base, en una nueva ola nacional y laborista, los combatieron como si fueran meros agentes de la policía estalinista. Se encaramaron en la Unión Democrática siguiendo el esquema europeo, pero la derrota los dejó ante la disyuntiva de resistir o infiltrarse, arrancando burlas de Perón, para quien los comunistas estaban siempre disfrazados. No pareció el caso de Chiarante, quien siguió visitando las cárceles y comisarías.