Buscar en Cuentos peronistas...

lunes, 11 de enero de 2016

La guerra de Mataderos


Es uno de los temas favoritos de una izquierda de café, un tanto más atenta a los subsidios, que a las verdades de la historia. La toma del frigorífico Lisandro de La Torre de 1959 es presentada como una suerte de guerra de clase del peronismo insurrecto y de sus aliados de izquierda, contra la explotación privada y el imperialismo yanqui, al que se había vendido el pobre Frondizi. Las anécdotas hablan de casi una guerra en Mataderos, donde poco faltó para instalar Soviets peronistas en tierra de gauchos y arrabal. Los obreros arrancaban adoquines con sus manos para frenar a la policía. Se lo anuncia como un ícono de la lucha de clases combativa. Solo faltaba la hinchada de Chicago tirando molotovs y cantando la marcha peronista. Lista para abrazar el socialismo.



Más por lo bajo se dice que en el barullo general actuaban, entre otros, el Lobo Augusto Vandor (metalúrgico, de quien Cooke no tenía mala opinión entonces) y el gendarme torturador Solveyra Casares, en sintonía con el guevarista John Cooke. Y además, unos cuantos buchones de la policía federal peronista, que ahora pretendían ser héroes del movimiento obrero, frente a una policía menos dura, porque no torturaba sistemáticamente. Todos en el mismo lodo, contra el desarrollismo. Sin algo a cambio para ofrecer, más que los mensajes de Perón, enviados desde una dictadura. Ni Cooke ni Vandor habían trabajado jamás con carne, pero Vandor aseguró que si el gobierno les daba diez puntos, entonces pedirían doce, refiere Luis Beraza. El objetivo era golpear a un Presidente que había perdonado los delitos de muchos peronistas (como los de robar y matar) y que se proponía devolver al peronismo a la vida legal, progresivamente. Para muchos actores no democráticos, se trataba de usar el conflicto para sacar ventajas. Muchos obreros de la carne tenían razones legítimas, pero otros manipularon esas urgencias bienintencionadas.


Por supuesto, quienes desde oficinas subsidiadas sueltan a rodar las imágenes heroicas de Cooke y de Sebastián Borro, no se tomaron el trabajo de detallar qué sucedió realmente y qué estaba en juego, ni mucho menos de aprender la historia continuada del gremio de la carne, que no empezó en 1959. Es decir, cómo se llegó hasta allí de esa manera. ¿Cuál era el vínculo del abogado John William Cooke con el sindicato de la carne? Entre 1946 y 1955, como diputado, su única relación consistió en oponerse a las demandas el gremio, para hacerle caso a Perón, que no quería problemas con los frigoríficos extranjeros. En 1946, los obreros de la carne laboristas, que habían llevado a Perón al poder, no luchaban para dañar a un gobierno: lo hacían por demandas históricas, urgentes y sagradas de sus familias obreras.



En 1946 Perón acusaba a los obreros de la carne de politizar el conflicto gremial, dado que en su mayoría eran laboristas, fuerza democrática que resistía la orden de fundirse en un partido único de mando militar y delación sindical. El laborismo era libre y autónomo, como los trabajadores que lo formaban. Lo cierto es que el movimiento de la carne contaba entonces con un apoyo inédito de 150 mil obreros, en Rosario, Gualeguaychú, Zárate, Avellaneda Berisso y más, que procesaban la carne que alimentaba al pueblo británico, y daba sustento a más de medio millón de argentinos.



La federación de la carne fundada por Cipriano Reyes, por primera vez en la historia, agrupó a todo el gremio en el orden nacional, creando un poder vital que amenazaba la tradicional autoridad de la industria madre del país. Esa lucha desde 1942 hasta 1949 (incluso más extensa) fue mucho más coherente, sostenida, organizada y combativa que la de febrero de 1959. Tanto en 1945 como en 1946, Perón mandó la policía, a los rompehuelgas, a criminales (que atentaron contra el sindicato) e incluso al Regimiento militar 7 de La Plata para apagar la protesta de Berisso. La federación obrera repudió la maniobra confusionista de Evita para mandarlos de nuevo al trabajo. En esos mismos años hubo secuestros, torturas y crímenes contra obreros de la carne, aunque nadie los quiera recordar. ¿Por qué muchos historiadores de izquierda, "adheridos" al peronismo, olvidaron toda esta lucha y sueñan con la más breve de 1959?



El gobierno de Perón nunca cumplió con los reclamos del gremio de la carne: nacionalización de los frigoríficos, Estatuto para la industria, garantía, salubridad, democracia sindical, etc; muchas conquistas que fueron entregadas, luego de ganadas. Perón otorgó subsidios millonarios a frigoríficos extranjeros. En el Matadero municipal, agrandó el plantel subordinado políticamente, y se redujo la producción de carne en forma notoria. Esto no era un secreto para la historia: lo han reflejado Beraza y Gambini, por ejemplo. Felipe Pigna dice todo lo contrario por TV pública: que el frigorífico Lisandro la Torre era "un ejemplo de explotación eficiente en manos del Estado".





La verdad es que mucha gente cobraba por no trabajar, no solo en el frigorífico. De ese modo se anuló la independencia política de un tercio de la sociedad, afirmó un célebre socialista. Esta concepción negrera y negadora del trabajador auténtico (el que hizo el 17 de octubre con cuchillos en la mano), era una ofensa para el gremio aguerrido y democrático que había liderado Reyes: el respeto al trabajo era sagrado; así el sindicato se ganó el respeto de toda la comunidad, incluso ante la policía. El Laborismo reivindicaba el trabajo como pilar sagrado de la sociedad honesta. El que vivía de otros, era un explotador o un siervo político que sacrificaba la libertad. El Partido Único (luego Partido Peronista) impuso la cultura de pagar la obsecuencia política, produjeran o no, y el Partido Laborista fue proscripto.



Todos lo que habían guardado silencio frente a estos atropellos (incluso mientras la policía se llevaba a los valientes), pretendieron que Frondizi resolviera todo de golpe, en el verano de 1959. En un mes le exigieron a Frondizi que deshiciera todo lo que le habían tolerado a Perón por 10 años. Nada justifica la absurda y torpe represión de Frondizi en 1959 (mucho menor que la del peronismo: Frondizi no mató, por ejemplo), pero sus críticos deberían saber que, desde 1946, el entonces diputado Frondizi había apoyado la lucha del gremio de la carne, afrontando en persona la represión de la policía del gobernador Mercante, junto a los obreros en plena calle. Frondizi apoyó la nacionalización  de las plantas cuando era posible, con semejante fuerza de base movilizada: Perón y Cooke, entre otros, se la impidieron. Otro supuesto héroe peronista de 1959, Eleuterio Cardozo, no fue héroe en 1949, cuando la policía de Mercante secuestró a más obreros de Berisso. Por entonces Cardozo comía asados en Olivos y no parecía protestar.


En 1946, una masa de trabajadores de la carne, que el diputado oficialista Oscar Albrieu* calculó en más de 30 mil obreros, se llegó hasta el Congreso, combatió con la policía de Velazco e intentó linchar a los legisladores del partido único, al grito de “traidores”, pues ellos les habían dado sus bancas y sus dietas. En 1959, la manifestación de un gremio de la carne distinto (ya ganado por el peronismo, con figuras como Borro), en el mismo lugar, reunió a mucho menos gente. Sin embargo, este último conflicto ha fascinado a la izquierda de clase media. El origen del conflicto, su increíble historia, que incluye luchas, torturas y crímenes, ha sido prolijamente olvidada.

Poco después de la toma del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959, Cooke caía en desgracia y Perón felicitaba al torturador Solveyra Casares por “seguir trabajando”. Una noticia decía que, allá en Cuba, Fidel Castro advertía a los obreros que no hicieran huelgas. Este último era el destino de Cooke.



*Oscar Albrieu fue diputado nacional por La Rioja, subordinado a Perón. Fue Ministro del Interior en 1955. Defendió a la policía federal cuando ésta fue denunciada por torturas.