lunes, 5 de diciembre de 2016

El encanto de la policía política (I)


Alguien habló, allá en Cuba, del fin del siglo veinte, con el otoño del último patriarca. Un buen legado sería, a esta altura y sin vueltas, el fin de la careta de quienes no estuvieron con la democracia, aunque vivan de ella de diversas maneras. Mientras todo el mundo se hace guerrillero virtual, no está mal hacer un poco de equilibrio, diciendo algo que no se dice. Adular a un régimen, sin cuestionarlo en nada, es amparar el trabajo que hacen sus represores. Si todos los comunicadores aman a la policía política, cabría amar un poco a sus víctimas, para balancear.

Durante el llamado siglo del viento, detrás de las utopías de quienes muy tardíamente enarbolaron los “derechos humanos”, estaba el hermano mayor que causó más víctimas que el nazismo -mucha gente no lo sabe- y que financiaba a sus socios en el mundo, con un programa sostenido con terror y alcahuetes.



Alguien les dijo a muchos que una sociedad justa se hace con vigilantes disfrazados de compañeros. Con esos valores, muchos pitucos combatieron a la democracia imperfecta con trabajo y expresión plena que reflejó Mafalda en la Argentina. Toda la cultura de barrio es hija de un originario progreso vecinal trabajador, afirmado con lazos solidarios auténticos, no condicionados por el autoritarismo. Algo que fue despreciado, desarticulado e invadido por la pobreza, no sólo sin dolencias, sino incluso con aplausos de quienes vivieron una fantasía de cambio social sin conocer el conurbano. (Continúa).